sábado, 1 de julio de 2017

LA NOCHE MÁS TERRORÍFICA

¿Motivo de la fiesta? No era necesario ningún motivo. Además tampoco era una fiesta en sí. Más bien podía tratarse de una reunión como lo llamaban nuestros padres cuando eran jóvenes. ¿Guateque? No, mejor reunión.

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Se trataba de un sábado normal y corriente, a finales de octubre. Es cierto que pocos días antes había sido el cumpleaños de Jaime, y que esta reunión bien podía ser en su honor, celebrando su vigésimo octavo cumpleaños, pero Jaime era una persona muy reacia a celebrar sus cumpleaños. Siempre, desde que nos conocimos, y de eso hacía ya ocho años, nunca había aceptado celebrar tal fecha. Aunque a lo largo de los años le preguntamos el motivo, nunca quiso confesarlo. 

Era algo relacionado con la mala relación con su padre o algo así. Y nosotros, como amigos suyos aceptamos su decisión.

La reunión se celebraba en el piso de Marta, pareja de Jaime desde principios de verano. La relación no duraría más allá de navidades, eso lo sabíamos todos. Jaime no lograba mantener una relación que durase más de seis meses. Y eso que Marta era un encanto de chica. Una informática de 26 años que en cuanto se decidiese a entrar en el mercado laboral seguro que se la rifarían las mejores empresas del sector.

También estaba en la reunión Lucia, amiga nuestra desde hacía cinco años. Por motivos familiares se había visto obligada a dejar la universidad, y trabajaba en una floristería a jornada completa. No es que la situación económica del país fuese muy boyante en la actualidad, pero por alguna extraña razón lograba mantener su puesto de trabajo. Y eso que en la empresa habían echado a dos chicas que trabajaban a tiempo parcial.

Pedro no había llegado todavía. Habíamos quedado a las siete de la tarde y pasaban ya algunos minutos de las ocho. Fuera, la ciudad se veía ya cubierta por el agradable manto de una noche otoñal bastante agradable en lo que a temperatura se refería. Había sido un verano tardío y todos los partes meteorológicos que veíamos en los informativos nos anunciaban un otoño igualmente tardío y a la vez tranquilo. Las luces de la calle semejantes a pequeños puntos blanquecinos salpicaban la oscuridad de manera completamente arbitraria e incoherente. Belén y yo estábamos en ese momento en la terraza. Dentro del piso no se podía fumar pues Marta era alérgica a algo del tabaco, pero dejaba que se fumase en la terraza. No hablábamos. El silencio se mezclaba de manera caprichosa entre las bocanadas de humo que salían de su boca. Yo tampoco fumaba, y no me importaba que ella lo hiciese. Eran sus pulmones, no los míos. Esa misma mañana habíamos tenido una pequeña discusión que aún todavía arrastrábamos. Pero seguramente que en pocas horas pasaría, pues ni yo me acordaba muy bien del motivo de la discusión y ella, a juzgar por su forma de mirarme, tampoco se acordaba. Pero era algo que nos pasaba en momentos puntuales. Discutíamos, pasaban unas horas sin hablarnos y al final nos mirábamos sonreíamos y toda ya había pasado.

Cuando regresamos al interior, Marta y Lucia estaban sentadas en unas sillas alrededor de la mesa redonda que tenían a un lado, junto a la puerta de la cocina. Jaime preparaba unas bebidas. Hacía poco compró una pequeña barra de bar, algo que a mi juicio, estaba desfasado en la decoración del hogar actual, pero que a él le fascinaba. Por suerte, aunque el salón no era muy grande había convencido a Marta para ponerla en un rincón, ya que en su casa no podía por falta de espacio, y también porque vivía con su abuela materna y no quería alterar la vida y la decoración de su pequeño piso.

El enfado entre Belén y yo empezaba a desaparecer. Nuestras manos se separaron lentamente cuando ella se quedó con las chicas y yo me dirigí hacia la pequeña barra de bar. Belén me mostró una sonrisa tan dulce como el primer beso que nos dimos la noche que nos conocimos.

La música no estaba muy alta. El piso de Marta estaba en un edificio de estrictas reglas y aunque fuese una hora normal, en caso de haber mucho ruido enseguida podría llamar el portero para avisarnos de la queja de algún vecino. Y tampoco nosotros éramos de tener la música muy alta. Los tiempos del ruido atronador había pasado ya para nosotros.

-¿Qué tal con Belén?- Me preguntó Jaime ofreciéndome una de sus bebidas preparadas. Por mi parte nunca preguntaba que llevaban esas bebidas. Era un “loco” de la barra y le gustaba experimentar en las mezclas. Mejor no preguntar.

-Solucionado- murmuré desviando ligeramente la cabeza y descubrir que mi Belén me miraba de manera furtiva a la vez que hablaba con las chicas.

-Me alegro tío.

-Marta es una chica fantástica.

-Lo sé. Y te puedo asegurar que esta vez me portaré como un puto adulto y no la cagaré.

-Me alegra oír eso tío.- Miré a mi colega con orgullo y cariño. Lo que más deseaba en ese momento era que no le hiciera daño a Marta y…

La puerta del piso sonó bruscamente. Varios golpes seguramente con el puño cerrado. Luego, de manera insistente, el timbre. Todos nos miramos desconcertados. Los golpes continuaban.

Crucé el pasillo y abrí la puerta. Pedro entró casi a la carrera, golpeándome en el hombro. Me miró fugazmente, pero continuó corriendo al salón. Cerré la puerta del piso, y cuando regresé al salón Pedro estaba de cuclillas frente al televisor. Lo había encendido y parecía buscar precipitadamente y de manera casi ansiosa un canal en concreto.

-Quitar la música joder- protestó sin dejar de buscar con el mando.- ¿Ostias no funciona ningún canal?

Casi al instante, había logrado captar toda nuestra atención. Marta quitó la música, y el resto nos agolpamos en el tresillo mirando a Pedro.

-Han dado un golpe de estado- dijo Pedro que finalmente encontró un canal que funcionaba. Pero en el que no emitían nada. Solo una especie de letrero en pantalla anunciando avería técnica, y de fondo música militar.

-¿Cómo que han dado un golpe militar?- pregunté de manera calmada intentando conseguir una explicación de Pedro.

-He venido en taxi y lo he visto todo- Dijo Pedro que se incorporó y pasándose la mano por la cabeza como intentando tranquilizarse.- Las calles del centro están repletas de tanques y hay muchos soldados por todas partes.

-¿Y cómo sabes que es un golpe de estado?-preguntó Marta que dejó escapar en su tono de voz algo de miedo.

-Si- salió enseguida al quite Jaime, más que nada como buscando tranquilizar a la chica.- ¿Cómo sabes que es un golpe? Podrían ser maniobras militares.

-¿Maniobras? Joder tío- Pedro negó con la cabeza.

-Podía tratarse de un ataque terrorista- dijo Lucia casi en un hilo de voz.

-Lucia, vengo de la calle ¿vale?-dijo Pedro-Lo he visto todo. Incluso he visto a militares detener a civiles. Creedme, no se trata ni de malditas maniobras ni de un ataque terrorista.

Durante unos instantes se adueñó de todos nosotros un terrorífico silencio. Nuestras miradas parecían buscarse de manera nerviosa unas a otras, como buscando una explicación o algún tipo de ayuda.

-Habrán sido los putos republicanos- Dijo Belén cruzándose de brazos. Yo sabía que Belén venía de una familia más bien conservadora, y que ella misma pensaba prácticamente igual que sus padres y abuelos.

-¿Y por qué los “putos republicanos”?- Jaime respondió levantando la voz claramente molesto.- Es a los malditos fachas a los que parece que les pone cachondos todo eso de los golpes de estado y las…

-Ya vale joder- corté dando un paso adelante y lanzando duras miradas tanto a Belén como a Jaime.- No vamos a discutir entre nosotros por algo que no sabemos a ciencia cierta ¿vale?

Jaime asintió con la cabeza.

-Lo siento-dijo mirando a Belén. Después me miró a mí.- ¿Y qué haremos ahora?

En ese momento todos me miraron a mí, esperando una respuesta.

Todo parecía muy tranquilo. Desde la terraza del piso no daba la impresión de que fuera se estuviera llevando a cabo un golpe de estado. Todos habíamos nacido en la democracia, y tan solo las historias de nuestros padres cuando eran jóvenes eran nuestras referencias respecto a tiempos más oscuros. Habíamos logrado encontrar algunos canales. En todos se proyectaban películas, y en otros solo música militar. Sin duda alguna estábamos muy asustados, y no nos daba ninguna vergüenza en mostrarlo a las claras. Era la misma vida.

Belén estaba apoyada en la barandilla de la terraza. Me acerqué a ella y la intenté abrazar buscando que se tranquilizase.

-¿Estás bien?-pregunté murmurando. Sentía que su cuerpo temblaba ligeramente bajo mis brazos, pero el temblor parecía ir cediendo muy poco a poco.

-Mi padre es concejal de un pueblo- dijo mirando al infinito de esa terrorífica noche.

-Lo sé. ¿Y?

-Si es verdad que es un golpe de estado…no sé qué le podrá pasar.

La giré hacia mí. Nuestros rostros quedaron a escasos centímetros. Tenía los ojos algo vidriosos, seguro que intentaba controlar el llanto. Afortunadamente mis padres vivían en un pequeño pueblo del sur de Francia y no temía por ellos, pero era consciente de la preocupación de Belén.

-Te llevaré a casa de tus padres. Seguramente allí no pase nada.-Dije quitando de su cara un revoltoso flequillo rubio que acababa de caer delante de sus ojos.

Cuando regresamos al interior vimos que Lucia, quizá era la que más asustada estaba de todos nosotros, se estaba poniendo su chaqueta vaquera. Pedro se buscaba algo en el bolsillo de la suya.

-Me voy a casa- dijo Lucia casi llorando por el miedo.-Quiero estar con mis padres y mi hermana.

-Sería mejor que nos mantuviéramos todos juntos- Dijo Jaime dejando caer el mando a distancia sobre la mesa. Acababa de apagar la televisión, molesto ya de no saber nada exacto.

-Yo acompañaré a Lucia a su casa- murmuro Pedro.- Creo que lo mejor es que cada uno esté con los suyos.

-joder, quizá mañana se haya calmado todo ¿vale?- protestó Jaime.

-Sé que es arriesgado- dije mirando a todos, intentando tranquilizar al grupo.- Pero yo también creo que cada uno debería de estar con los suyos…por lo que pueda pasar. Yo voy a llevar a Belén al pueblo, con sus padres.

Belén se pegó más a mí, como buscando un apoyo y una tranquilidad que en esos momentos no parecía abundar mucho a nuestro alrededor. De nuevo el silencio y la pesadez de una situación incierta se adueñó de todos nosotros.

-La puta crisis es la culpable- murmuró entonces Lucia, que continuaba de pie en medio del salón y que apenas se atrevía a levantar la mirada del suelo.- Tanta corrupción…tanta intolerancia en las calles…tanta impunidad…Era normal que alguien hiciera algo así, que no se quedara al margen de…

-Creo que protestar no va a servir de mucho ahora- dijo Jaime bastante molesto. Le conocía bastante bien, y sabía que su miedo se manifestaba en él en forma de querer discutir con todos, y de molestarse con todos los comentarios.

-Vale, está decidido- Dije de manera autoritaria. No quería que mis amigos volvieran a discutir entre ellos.- Todos queremos estar con nuestras familias. Lucia quiere irse, Pedro seguro que también y Belén quiere estar con sus padres. Aquí no nos podemos quedar. Marta…Jaime…casi siempre estáis juntos aquí de manera que…

Pedro nos hizo callar a todos de repente. Su dedo en la boca y el gesto con la otra mano de que guardáramos silencio hizo que nuestros corazones se acelerasen casi a la vez.

-Creo que fuera pasa algo- murmuró.

Nuestras respiraciones se aceleraron vertiginosamente. Sentí la presión de la mano de Belén cogiendo la mía. Intenté tranquilizarla con la mirada.

En silencio cruzamos el pasillo hasta detenernos en la puerta principal del piso. Jaime fue a mirar por la mirilla pero no se atrevió en el último momento. Todos agolpados contra la puerta pudimos oír varios gritos de los vecinos, así como las brutales y aterradoras pisadas de botas militares.

-Oh Dios- murmuró casi llorando Lucia.

Al menos una veintena, corriendo de un lado a otro. La luz del recibidor del piso apagada, y tras la puerta violentas carreras de un lado a otro…puertas que se abrían a la fuerza…gritos…golpes…y una voz autoritaria que parecían mandar en los soldados.

Miré intensamente a los ojos a Belén, en medio de la oscuridad a la que nos fuimos acostumbrando. El miedo era palpable en todos nosotros. Sentí de nuevo la presión de su mano en la mía.

Estábamos atrapados. Era cuestión de segundos que golpeasen nuestra puerta.




4 comentarios:

  1. Estupendo relato que muestra la alarma ante algo que como un rayo corta la vida cotidiana, un instante que sin previo aviso, lo cambiará todo.
    Un buen final, nada hay más terrorífica que escuchar los sonidos de la amenaza acercándose. Un relato que no habla de zombies o de invasiones alienígenas, sino de una catástrofe mucho más verosímil. Saludos!

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    1. Gracias David por tus palabras. Exacto, nada de aliens ni de zombies. El terror muchas veces lo tenemos entre nosotros mismos.

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  2. Muy bueno Ángel. La verdad es que me lo he leído en un suspiro, el suspense es magistral con un final muy abierto. Me ha encantado, enhorabuena.

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    1. Gracias Ziortza por tu comentario. Feliz martes!

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