martes, 17 de enero de 2017

CAPÍTULO 21 EL PASADO DE LUCIA PARTE 4


Nuevo capítulo de "La historia de la ciudad sin árboles"

Muchas gracias por visitar y leer mi blog. Gracias de corazón.

Y solo recordaros que si queréis podéis adquirir la novela pinchando aquí.




Cuando Pierre llegó a la parte de atrás, la luz rojiza del freno iluminaba la espalda de J. Carrier. La lluvia continuaba cayendo con fuerza, y en pocos segundos sintió como su ropa estaba de nuevo completamente empapada y el frío se colaba hasta sus huesos.

Cuando el conductor notó la presencia del francés, se apartó ligeramente. Pierre se detuvo de inmediato. En medio del camino encontró lo que parecía un ser humano. O lo que anteriormente podría haber sido un ser humano. No poseía ningún tipo de vestimenta, lo que dejaba a la vista una piel blanquecina o grisácea, casi enfermiza. Los brazos, al igual que las piernas, parecían ser más largos y finos de lo que en una persona eran. 

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Pero en realidad Pierre tampoco podría jurar al cien por cien si eran más largas de lo normal aquellas extremidades, ya que tras ser arrollado por la furgoneta el cuerpo había quedado en bastante mal estado. Parte del pecho estaba aplastado seguramente por las ruedas. Un brazo se encontraba descolocado de su sitio y pasaba por debajo de la espalda medio hundido en el barro. En los muslos también había huellas de ruedas y los huesos de las rodillas de ambas piernas habían traspasado la carne, los músculos y la piel, y se mostraban desnudos bajo la lluvia. Encontrándose todo cubierto de sangre y barro. Parecía como si al atropellar a la criatura a la vez la hubiera arrastrado entre las ruedas. 

Pierre no dijo nada. Avanzó un par de pasos más, pero sin llegar a estar tan cerca de aquel ser como lo estaba el conductor. Las sensaciones que lo asaltaban en esos momentos estaban inexplicablemente entre la repulsa, el asco y la pena. Y mucho más al descubrir aterrorizado, que aquella criatura continuaba con vida. Un ligero quejido, que se mezclaba inevitablemente con el sonido de la tormenta salía del fondo de la garganta de aquel ser. Pierre no supo que hacer o decir en aquellos precisos instantes. Miraba desconcertado cómo el conductor observaba impasible y en completo silencio la agonía de aquel ser, fuese lo que fuese.

-Está sufriendo- Se quejó Pierre casi en un murmullo.

La boca retorcida y llena de sangre de aquella bestia, se abría y cerraba lentamente, como dejando escapar forzosas bocanadas de aire provenientes de sus pulmones, o intentando coger un mínimo de ese mismo aire para poder seguir viviendo. El conductor asintió en un suave movimiento con la cabeza pasados unos segundos, y bajo la atención del francés abrió la puerta trasera de la furgoneta y de una caja de cartón cubierta por un trozo viejo de manta, extrajo una ballesta. Con gran maestría la cargó. Dentro de la caja, había también varias saetas de aspecto metálico. 

La luz roja de los frenos parecía dibujar un terrorífico círculo en torno al camino y al ser malherido. Sin vacilar, retrocedió sobre sus pasos y apuntó a la cabeza. Una saeta, un segundo. El ser dejó de sufrir. En medio de la tormenta un disparo perfecto que había bufado mortalmente antes de cruzar de lado a lado el cráneo de aquel ser.

-Me llamo J. Carrier y soy básicamente un caza vampiros. Bueno, también soy…o al menos lo intento un escritor.

Hacía unos minutos que habían reanudado la marcha en la furgoneta, dejando atrás el cadáver de aquella bestia. Un cadáver que según el caza vampiros se descompondría en apenas diez minutos, como lo hacían todos los de su especie en cuanto se les daba caza. Ya tan solo quedaría de él la ropa en caso de llevarla puesta. Tenía que alzar la voz para poder ser oído ya que la tormenta arreciaba con fuerza desde hacía bastantes minutos.

Poco después giraron a la derecha, dejando el camino atrás y tomando una carretera comarcal. El traqueteo de los baches del camino desapareció y fue sustituido por la silenciosa suavidad del asfalto. Afortunadamente la calefacción del vehículo funcionaba y en el interior empezó a reinar un agradable calorcito. Se dirigieron hacia el norte. La furgoneta marchaba a buena velocidad. Las luces mostraban la lisa y oscura carretera por la que circulaban.

-A partir de ahora tendrán que vivir en esta ciudad- Del bolsillo de la chaqueta que llevaba puesta extrajo un papel cuidadosamente doblado y se lo entregó. Fue Lucia quien lo cogió y después de dudar unos segundos terminó por desdoblar aquel papel, en el que estaba escrito el nombre de una ciudad. Le mostró el papel a su marido. El matrimonio no había oído nunca hablar de esa ciudad.

-¿Tenemos que escondernos?- preguntó Lucia, que miraba hacia el liso y oscuro asfalto que se abría ante ellos.


-Precisamente todo lo contrario- confesó J. Carrier mirando fugazmente a la mujer. El francés escuchaba en silencio.- En esa ciudad es donde se esconde la jefa de la bestia que acabamos de matar.







martes, 10 de enero de 2017

CAPÍTULO 21 EL PASADO DE LUCIA PARTE 3


Buenas tardes. Ya está aquí la tercera parte del capítulo 21 de La historia de la ciudad sin árboles

Espero que os guste, y si es así compartir para poder llegar a más publico. Gracias.




-¿Un súbdito?- preguntó extrañado Pierre, marcando las arrugas de su frente y mirando al conductor.- ¿Un súbdito de quién?

-De la gran jefa. Un ser como no hay otro en este mundo. O al menos eso espero.

J. Carrier tuvo que alzar la voz en medio del metálico sonido que retumbaba en el interior de la vieja furgoneta mientras dejaban atrás el establo. El camino era bastante estrecho, y la espesa vegetación que lo flanqueaba por ambos lados golpeaba casi de manera continua los laterales del vehículo. Algunos charcos de agua cubrían por completo el camino de extremo a extremo y sus altos y bajos hacían que a cada pocos metros la furgoneta diese violentos saltos dando la sensación que saldría volando y se estrellaría irremediablemente contra alguno de los árboles.

Lucia, que iba en medio de los dos hombres, se agarraba con ambas manos al brazo izquierdo de su marido, sin apartar la mirada del camino que se abría ante ellos al otro lado de la luna del vehículo. Pierre por su parte, tenía su mano derecha en el agarrador que había sobre su cabeza, justo encima de la puerta. Con la otra mano sujetaba la pistola, mientras no dejaba de mirar al conductor y hacia el frente. De vez en cuando sentía la mirada de su mujer clavarse en sus ojos y él retenía unos segundos su mirada en ella, intentando, en silencio, tranquilizarla. La bestia parecía haber quedado atrás. O eso había creído.


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-Agarraos chicos- gritó el conductor.

El matrimonio desvió la mirada hacia él. Descubrieron entonces que miraba fugazmente por el retrovisor de la puerta. Pierre abrió la boca para preguntar, pero no le dio tiempo. Un fuerte impacto sobre sus cabezas hizo tambalearse peligrosamente a la furgoneta y a ellos en su interior durante unos segundos. El techo metálico se hundió de manera considerable. Lucia gritó, el conductor tuvo que sujetar con fuerza el volante para poder estabilizar el vehículo. Sobre sus cabezas, tras el primer y brutal impacto, continuaron un par de fuertes golpes, como puñetazos dados contra la chapa, que cedía de manera peligrosa sobre sus cabezas.

-Qué diablos es eso- gritó Pierre balanceándose sin control en su asiento.

Pero J. Carrier no contestó. En su lugar pisó fuertemente el freno y los tres ocupantes se precipitaron contra la luna. Afortunadamente evitaron el impacto apoyando las manos en el desgastado salpicadero de plástico. Sobre sus cabezas, al producirse el frenazo, vieron como aquella criatura que hacía unos segundos había saltado sobre el techo de la furgoneta, volaba ahora hasta estrellarse contra el embarrado suelo del camino. 

Aquel cuerpo rodó, cubriéndose de barro. Con gran agilidad intentó incorporarse encontrando de frente las potentes luces de la furgoneta. En su interior, J. Carrier no lo dudó un segundo: volvió a pisar el acelerador. La bestia estaba más o menos a cuatro o cinco metros de distancia. No sería mucha la velocidad que cogería en esa distancia, pero quizá lograse neutralizarla durante un largo rato pasando por encima de ella. Y la bestia cegada por la intensa luz sintió el impacto de la parte delantera contra su cuerpo. 

La furgoneta pasó por encima de aquella bestia. Se oyeron crujir algunos huesos y un grito ensordecedor de dolor se coló en el interior del vehículo incluso llevando las ventanillas cerradas. La furgoneta continuó algunos metros más antes de detenerse en medio del camino. El motor continuaba rugiendo, aunque ahora el sonido era más pausado. J. Carrier sabía por experiencia propia que en casos como estos era necesario dejar el motor encendido. Algunas veces ese pequeño detalle marcaba la diferencia entre vivir o morir cuando una de esas bestias estaba cerca.

Tanto Lucia como Pierre miraban desconcertados al conductor. A pesar del ronroneo del motor, pareció instalarse en el interior un curioso y pesado silencio, roto tan solo por el sonido de la lluvia que por algunos instantes parecía lejano. Ninguno de los componentes del matrimonio sabía quién era aquel hombre.

-Ten pisado el freno por favor- Pidió amablemente J. Carrier mirando a Lucia- necesitamos algo de luz en la parte de atrás.- Después miró al hombre.- Ven conmigo, acabaremos con esto.


Sin esperar respuesta alguna, bajó decididamente de la furgoneta. Tanto Lucia como Pierre se miraron en silencio un instante. Este último resopló y besando a su mujer en los labios bajó. Ambos sabían que ese hombre les acababa de salvar la vida. Sin duda alguna ese extraño había evitado que murieran en aquel establo, lejos de su hogar, solos. Pierre salió y lanzando una última mirada a su mujer se encaminó hacia la parte de atrás. Lucia pisó el freno, levantando la mirada hacia el retrovisor intentando ver algo.


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martes, 3 de enero de 2017

CAPÍTULO 21 EL PASADO DE LUCIA PARTE 2

Buenas tardes/noches. Segunda parte del capítulo 21 de La historia de la ciudad sin árboles.

Recordaros que podéis descargaros la novela pinchando aquí

Quería aprovechar y dar las gracias a todas las personas que día a día se pasan por el blog.



-No te muevas- susurró Pierre a su mujer, reteniéndola tras de sí y sin dejar de apuntar hacia la furgoneta.

Las luces del vehículo continuaban encendidas y el motor en marcha. La puerta del conductor se abrió con cierta dificultad. Seguramente tras el encontronazo la chapa podría haberse hundido ligeramente, impidiendo de esa manera que se abriese bien al primer intento. Pierre respiró hondo, preparado para abrir fuego si era necesario. Del interior de la furgoneta salió un hombre vestido con pantalón y botas militares, jersey oscuro de cuello alto. Alrededor de cincuenta, pelo rubio y barba de tres días. En la cintura destacaba un enorme cinturón de cuero del que colgaba una cartuchera con una pistola en el lado izquierdo. Con la mano apoyada en la puerta miró fijamente al matrimonio. Mirada sincera y rostro que parecía enviar a gritos la palabra “confianza”.

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-Subid a la furgoneta, rápido. Tenemos que abandonar este maldito lugar.- A la vez que les apremiaba con la voz movió la cabeza invitándoles a subir. Justo en el mismo instante en que una parte del tejado del granero cedía estrepitosamente y algo se precipitaba contra el suelo. 



El recién llegado, sin apartarse de la puerta del vehículo, y el matrimonio, miraron hacia donde había cedido parte del techo. Que fue justo sobre las dos vacas. Que empezaron a mugir aterradas. Porque de entre lo que acaba de caer desde el tejado, salió una figura grisácea, deforme, con afiladas garras y ojos tan rojos como el mismísimo fuego del infierno. Aquella bestia o lo que fuese, cayó entre las dos vacas y casi al instante empezó a gritar desgarrando la piel y la carne de los indefensos animales con sus devastadoras garras. Las inofensivas vacas intentaron salir del pequeño habitáculo en el que pasaban las noches y que ahora se había convertido en una trampa mortal, pero resultó imposible.

-Vámonos ya- apremió el hombre de la furgoneta.

Pierre y Lucia corrieron hacia el vehículo, rodeándolo por la parte delantera y accediendo al interior por la puerta del copiloto. El conductor entró a la par. Justo en ese momento, por la luna delantera vieron como aquella bestia, iluminada de lleno con las luces del vehículo, y caída del tejado, emergía de entre los restos de las vacas y cubierta por completo de sangre, clavaba su intensa mirada en ellos tres con el rostro ensangrentado y mostrando afilados colmillos igualmente manchados de sangre.

-Me llamo J. Carrier- se presentó el hombre metiendo la marcha atrás. Sin decir más, la furgoneta rugió marcha atrás para salir del establo. Pero aquella bestia o aquel ser, fuese lo que fuese, de un impresionante salto, cayó justo encima del capó. Lucia gritó por el susto del impacto, a la vez que miraron hacia el frente encontrando al otro lado del cristal a la bestia que se aferraba con los brazos extendidos a los extremos del capó, y gritaba mostrando sus colmillos, a la vez que intentaba morder el cristal.

-Es una bestia fea de cojones ¿eh?- gritó con tono jocoso J. Carrier moviendo la cabeza. Pierre y Lucia lo miraron extrañados al notar que de manera curiosa aquella situación límite parecía causarle una gracia que sentían fuera de lugar.

La furgoneta salió del establo y J. Carrier viró con un fuerte volantazo, lanzando a la vez una rápida mirada a la bestia. Fuera, parecía llover con más fuerza que cuando ellos llegaron hacía tan solo unos minutos, y el suelo estaba cada vez más embarrado e intransitable. La furgoneta giró en redondo dejando el hueco por el que había entrado a sus espaldas, y la bestia en la rápida maniobra de J. Carrier con el vehículo fue despedida contra el barro varios metros hacia la izquierda. Aquella grisácea y horrenda criatura rodó por el embarrado suelo hasta estrellarse contra el tronco de uno de los árboles que rodeaban el establo. El cuerpo crujió tras el impacto.

-No conseguiréis nada matando a esa cosa- anunció Carrier quitando con gran agilidad la marcha atrás y metiendo la primera.- Es solo un súbdito.- Una nueva mirada hacia la bestia antes de pisar el acelerador. La bestia se incorporó tras el impacto contra el árbol. Carrier pisó el acelerador y manejó con gran destreza la caja de cambios para intentar lo más rápido posible coger mayor velocidad. El agua caía con fuerza y el limpia parabrisas se movía toscamente de un lado a otro de la luna sin apenas dar abasto para apartar tanta cantidad de agua, a la vez que las blanquecinas luces del vehículo iluminaban el estrecho camino por el que avanzaban a gran velocidad.

-¿Un súbdito?- preguntó extrañado Pierre, marcando las arrugas de su frente y mirando al conductor.- ¿Un súbdito de quién?


-De la gran jefa. Un ser como no hay otro en este mundo. O al menos eso espero.

Continuará

CAPÍTULO ANTERIOR

Y recuerda que tienes en la pestaña CAPÍTULOS NOVELA los enlaces a todos los capítulos publicados hasta la fecha. 


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martes, 27 de diciembre de 2016

CAPÍTULO 21 EL PASADO DE LUCIA PARTE 1

Un nuevo relámpago iluminó por completo el pequeño y viejo establo en el que acababan de entrar. Una luz blanquecina, un instante, en medio de la oscuridad. Dos vacas lecheras a un extremo en el fondo, y un viejo caballo algo delgado y de color marrón en otro. Multitud de aperos de labranza apoyados aquí y allá, y algunos más colgados de manera arbitraria por las paredes, así como un viejo carro de madera de dos ruedas que descansaba al lado de la puerta principal. 

El suelo cubierto de paja y tierra a partes iguales junto a un denso y pastoso olor mezcla de excrementos y pienso para animales de granja inundaba todo alrededor. Tras el relámpago, le sucedió el brutal estruendo del trueno. Pareció retumbar en todo el establo, incluso hizo que sus aparentemente fuertes paredes y tejado de madera vibrasen de tal manera que pareciera que iban a desmoronarse como un vulgar y débil castillo de naipes.

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Avanzaron hasta situarse en el centro del establo. Lucia agarraba fuertemente su machete, que lo blandía de manera amenazadora de un lado a otro a la vez que su mirada recorría vigilante y nerviosa cada rincón de aquel viejo y desangelado lugar. Sus manos frías y mojadas temblaban sin control, y tenía que hacer grandes esfuerzos para que el machete no se le resbalase y cayese al suelo. Sus ropas estaban igualmente empapadas. Y su melena pelirroja, sujeta atrás en una simple coleta, también se encontraba empapada por la lluvia. Al igual que la pequeña mochila que colgaba de su espalda.

-¿Te encuentras bien?- La firme mano izquierda de Pierre se posó en su hombro derecho, y aquellos ojos marrones de los que llevaba años enamorada, la miraron fijamente.

-Muy asustada cariño- Y se dejó abrazar por su marido. Las ropas mojadas se unieron, y durante un instante se pegaron todavía más los tejidos a sus cuerpos igualmente empapados y helados. Pero necesitaba, ansiaba, aquel abrazo tranquilizador. La situación en aquellos momentos era extraordinariamente excepcional. Aun así, cuando Pierre le acarició el rostro e intentó tranquilizarla en medio de aquel establo perdido en ninguna parte conocida, Lucia no pudo evitar olvidarse de donde se hallaban y recrearse en la dulzura de la caricia del hombre al que amaba y con el que llevaba casada cinco maravillosos años. Dejar que la mano de Pierre cubriese casi toda su cara. Hundió su rostro en el pecho del hombre. 

Murmurando una y otra vez que lo quería con locura. Y preguntándose cómo demonios se habían metido en aquel lío. Cómo habían acabado armados hasta los dientes y luchando por salvar sus sencillas y tranquilas vidas. Huyendo desesperadamente de una bestia que no podía ser de este mundo.

-Saldremos de ésta cariño- Prometió Pierre en un tono tranquilizador, y cerrando un instante los ojos sin que ella pudiese ver su gesto. Porque ni él mismo estaba muy seguro de poder cumplir aquella promesa, la de salir vivos de aquello. El terror invadía su corazón en aquellos oscuros momentos. Pero no terror por lo que les acechaba, sino por la posibilidad de perder a su mujer aquella noche a manos de la bestia.

Un fuerte y seco golpe en el tejado del establo les devolvió a la realidad. Sus músculos se tensaron, sus corazones se aceleraron, la adrenalina corría sin control por sus venas. Durante unos segundos se habían olvidado de la peligrosa realidad en la que vivían desde hacía varias semanas, y sus abatidas mentes se habían abandonado involuntariamente a la tranquilidad y al cariño de un abrazo del que llevaban tiempo sin poder disfrutar. Porque sus vidas desde hacía semanas ya no eran unas vidas normales. Pierre volvió a empuñar su CZ 75B a la vez que los dos levantaban al unísono la mirada hacia el techo. Fuera, mezclado con el sonido de la tormenta, pudieron adivinar los pasos, carreras en algunos momentos, de algo que parecía ir a cuatro patas.

-Está aquí- murmuró Lucia aterrada y acercándose un poco más a su marido.

Arriba, la bestia parecía recorrer el tejado de un lado a otro a gran velocidad. Las pisadas de sus cuatro patas se marcaban notablemente en la madera, dejando caer algo de polvo y tierra al interior, y el sonido de los pasos sobresalía de manera terrorífica por encima del de la lluvia. Pierre extendió su brazo, apuntando con la pistola, y siguiendo la dirección de las amenazantes pisadas.

Durante unos segundos aquellas pisadas cesaron. Pierre no dejaba de mirar hacia el techo con el brazo extendido y apuntando con el arma, mientras que con el otro brazo intentaba mantener protegida a su esposa tras él. Con movimientos lentos y calculados Lucia y Pierre se movían en pequeños círculos en medio de aquel granero. Sus pies se arrastraban y se movían torpemente revolviendo la pajilla tirada por el suelo, esperando que la bestia apareciese desde cualquier punto.

Pero no fue la bestia lo que surgió de la oscuridad, saltando sobre ellos y desgarrándoles el cuello con sus poderosas garras, sino el sonido de una vieja furgoneta que se acercaba a gran velocidad al establo. La puerta principal empezó a iluminarse cada vez más, adquiriendo un cegador brillo blanquecino a cada segundo que pasaba, a la vez que el rugir del motor se aproximaba. Pierre hizo retroceder a Lucia hacia un extremo en el preciso instante en que la puerta del establo se iluminaba de manera cegadora y un segundo después saltaba en pedazos ante el brutal encontronazo contra la parte delantera de una furgoneta. Las maderas saltaron en multitud de trozos hacia todas partes. La vieja furgoneta se precipitó al interior y poco después frenó bruscamente. Pegados en la pared, justo enfrente, estaban Pierre y Lucia.

Donde hacía unos segundos estaba la puerta, ahora había un enorme boquete por donde se veía la densa noche y por donde se filtraba sin permiso alguno el agua de la tormenta. Pero no miraron hacia la entrada, sino hacia la vieja furgoneta de color blanco. Pierre apuntaba con la pistola hacia el vehículo. Estaban solos, nadie sabía que se encontraban allí. Nadie más los acompañaba, a nadie esperaban que fuesen en su ayuda.

-No te muevas- susurró Pierre a su mujer reteniéndola tras de sí y sin dejar de apuntar hacia la furgoneta.


Continuará.




martes, 20 de diciembre de 2016

CAPÍTU LO 20 UN POCO DE HISTORIA

Buenas tardes. Capítulo nº20 de La historia de la ciudad sin árboles. 

Y el título lo dice todo: Un poco de historia. Un pequeño repaso a la reciente historia de esta peculiar ciudad.

Recordaron también que si queréis recordar la historia desde el primer capítulo, pinchando AQUÍ, podréis leer el primer capítulo.

Solo me queda agradecer a tod@s los que semana a semana sacáis un par de minutos de vuestro tiempo para visitar mi blog. Muchas gracias.



Nadie sabría decir con exactitud ni cómo ni cuándo cambió todo. ¿Un cambio lento? ¿Sutil? ¿Brusco? Los habitantes de esta ciudad eran como las gentes de otras tantas ciudades en el resto del mundo: iban a lo suyo, vivían sus vidas, les daba igual su vecino. Llenaban sus casas de pertenencias, con artículos comprados en los comercios que la ciudad les brindaba en todas y cada una de sus calles. 

Fuera de sus casas, el camino al trabajo parecía estar marcado a fuego en el asfalto. Ni siquiera les haría falta levantar la mirada del suelo. Coger el autobús, el coche, el metro, ir andando, todo formaba parte de un acto mecánico, aprendido de memoria. Carente de todo sentido.

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Nadie se percató años atrás, no se sabe exactamente cuándo, en qué momento, que los árboles empezaron a desaparecer. Las floristerías fueron cerradas. Se decía que el ayuntamiento había puesto un bando por el que las floristerías en particular, y los negocios relacionados con plantas en general, quedaban completamente prohibidos.

En su lugar, los propietarios/as de dichos establecimientos fueron generosamente recompensados, a la vez que se les facilitó la apertura de nuevos y diferentes comercios. Nada que ver con plantas. ¿Y los árboles de las calles? ¿De los jardines? ¿Macetas y tiestos en los hogares? Simplemente desaparecieron.

Todo el mundo estaba demasiado ocupado con sus vidas, tanto que no se detuvieron a mirar qué ocurría a su alrededor. Con el paso de los años la ciudad fue cogiendo un triste color grisáceo, del que parecieron contagiarse todas las personas.

Dejaron de escucharse los cantos de los pájaros. Dejaron igualmente de verse en el cielo y en las calles, el vuelo de esos mismos pájaros. El paso de una estación del año a otra cada vez era más difícil de apreciar. Siempre parecía estar lloviendo. Lluvia fina, ligera, algo sucia. 

Pero nadie decía nada, nadie preguntaba ¿Por qué? Los niños crecieron sin parques, ni uno solo de esos niños parecía echar de menos su presencia. Muchos ni siquiera llegaron a conocer esos parques. Los años fueron pasando. Y el recuerdo de la vegetación se fue extinguiendo. 



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domingo, 18 de diciembre de 2016

Navidad de 198...

Una pequeña entrada entre los capítulos de mi novela: "La historia de la ciudad sin árboles"

Se trata de un recuerdo de infancia. De esos que nunca se borran, que perduran en la memoria sin saber el porqué.  


No recuerdo que año fue, 198... yo era muy pequeño todavía. Mi madre junto a mi tía, nos llevó a mi hermana, más pequeña que yo, y a mí a ver el Cortylandia de El Corte Inglés de la calle Preciados en Madrid.


Aquellas inmensas escenas y figuras de cartón piedra en la entrada del centro comercial más famoso de España, la aglomeración de familias para verlo: era Navidad.

No recuerdo si aquel año tuve “reyes” o no. Seguramente sí. Pero lo que recuerdo de aquel año fue a mi tía llorar en la puerta de un portal cercano a El Corte Ingles, sentada en el escalón de la entrada, con los ojos rojos por las lágrimas y la rabia. A mi madre intentando consolarla. Y a mi hermana y a mí frente a mi tía en cierto modo sin saber qué hacer, éramos demasiado pequeños.

Pero si supe que mi tía lloraba porque cuando nos acercábamos a ver el espectáculo en la entrada de El Corte Inglés, se percató de que le habían robado el monedero del bolso. Siempre llevaba el dinero en el bolsillo del vaquero precisamente por los robos, pero aquella noche lo había dejado dentro del monedero en el interior del bolso sin más y algún ratero espabilado solo tenía que introducir su mano en el bolso y llevarse el preciado botín. Abrir el bolso y meter la mano no tendría ningún secreto para ese tipo de gente. Y mi tía lloraba porque aquel año había sido duro, y ese dinero lo había estado guardando especialmente para los regalos de sus sobrinos, o sea mi hermana y yo.


Algunas cosas se quedan grabadas en la mente de por vida. Y esta es una de ellas.  

* Imagen extraída de Google.

martes, 13 de diciembre de 2016

CAPITULO 19 RECAPITULACIÓN


Una semana más y un nuevo capítulo. En esta ocasión he decidido no dividirlo en varias partes, como hago con algunos. Es un poco largo pero en la primera versión de la novela, este capítulo era el último de la primera parte, y he creído conveniente publicarlo en una sola entrega. Ahora, en su versión actual es un capítulo más.

Me gustaría invitaros a visitar mi otro blog.
http://abmodeladoypostproduccion.blogspot.com/2016/12/curso-de-guion-7.html

Dedicado a los trabajos que realizo como guionista director y postproductor. También encontraréis (para quien le pueda interesar) un curso de guión cinematográfico que voy subiendo por entregas todas las semanas.


R descansaba en el sofá de su casa. Isabel todavía no había vuelto. No le quedaba mucho, apenas veinte minutos. Bajaría a buscarla. A ella le gustaba que su detective la esperase en la parada de autobús en la que se bajaba. A unos cincuenta metros del edificio donde ya prácticamente vivían juntos. Lo había visto en una película de corte exageradamente romántico, una noche en el cine. 

Y cuando salieron de la sala, agarrados de la mano y bajo la fría noche de otoño le preguntó si él la esperaría todos los días en la parada de autobús, como había hecho el protagonista de la película.

-Claro. Te esperaré- confesó él sintiendo cómo acto seguido ella se pegaba a su cuerpo y continuaban caminando hacia el piso.

Pero mientras llegaba el momento de bajar a esperarla, su mente intentaba recapitular todo lo que sabía hasta el momento. Y mostró una ligera sonrisa al ver el buen equipo que parecían hacer padre e hija. Aunque ella se resistiese a llamarle “papa”. 

No le importaba en exceso, pero si le gustaría llegar a oírlo. Recapitulaba: Pedro, aparentemente un insignificante informático recibe de manera extraña una planta en su casa. Esa misma mañana le llama porque está asustado y no sabe muy bien que hacer. Poco después es asesinado. Ana, su amante transexual, le encarga que averigüe quien lo ha matado y porque. 

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Eva, la preciosa forense con la que tuvo una aventura hace años, le muestra el cadáver pero le miente y oculta los dos mordiscos que el informático tiene en el cuello. A la vez, el ex de su hija padece una extraña patología diciendo que le ha mordido un vampiro (una mujer vampiro) para ser más exactos. Y por último, en medio de los delirios del joven, este nombra a la propietaria de una conocida librería. Y en la que “casualidades de la vida” la amante transexual del informático asesinado firmará ejemplares de su última novela. El detective resopló.

R vio descender del autobús a su preciosa mujer. No estaban casados, y seguramente nunca llegarían a estarlo. Pero a él le gustaba decir que era su mujer. Se besaron bajo la marquesina y se encaminaron hacia el edificio. Pero no entraron en él. Continuaron calle abajo. Isabel llevaba el paraguas cerrado y colgado de la mano enguantada. En ese momento no llovía, pero si lo había hecho desde durante un par de horas antes de anochecer del todo. Y el paraguas era casi obligatorio llevarlo. 

Tenían que hacer unas compras antes de encerrarse en el piso hasta la mañana siguiente. Y mientras caminaban hacia el centro comercial, el detective no podía dejar de pensar en aquel asunto. Aquello tenía muy mala pinta. Por un instante sintió que su hija se estuviese involucrando. Aunque reconocía que era una chica bastante inteligente y valiente. Y recordó que se había quedado en el apartamento de Marcos.

-No puede quedarse solo.- le había dicho su hija en el umbral de la puerta, cuando R ya se iba.- Ahora no.

-De acuerdo – accedió el, no muy convencido.- Pero llámame si surge cualquier cosa ¿entendido?

-Claro- respondió ella dándole un beso en la mejilla.

La ciudad se sumergía en una nueva y fría noche de un otoño que avanzaba inexorable hacía el invierno. En lo alto, una luna llena ligeramente teñida de rojo, se asomaba tímidamente por entre los nubarrones que lo cubrían todo. Era como si aquella luna fuese la dueña de la ciudad sin árboles, la dueña de todos sus habitantes. Pero solo se trataba de una mera espectadora. Desde lo alto observaba como aquella ciudad gris arrastraba irremediablemente y en silencio la vida de todas aquellas personas. Buenas, malas, insignificantes, importantes. Sin importar clase social. Sin detenerse a mirar cuánto dinero tenían en la cuenta bancaria. Todos los ciudadanos eran arrastrados por igual a un incierto futuro. 

R e Isabel cenaban en un pequeño restaurante en el centro comercial. Un par de bolsas con una pequeña compra descansaban a sus pies. Sobre la mesa, una cena ligera acompañada con un par de cervezas. Mientras planeaban algún fin de semana romántico. Solo ellos dos.

Marta, después de que R se fuese, llamó al trabajo y pidió no ir esa tarde. Le había surgido un problema familiar del cual tenía que hacerse cargo. Marcos no podía quedarse solo. No en ese estado. Durante toda la tarde estuvo pendiente de él. Al igual que se encargó de limpiar el dormitorio y el cuarto de baño. Para después buscar por internet la página de J. Carrier. Si a Marcos le había mordido un vampiro eso significaba dos cosas: o se estaba muriendo, o se estaba transformando.

Ya entrada la noche se dejó caer en uno de los dos sillones que acompañaban al sofá en el salón del apartamento. Estaba cansada. Muy cansada. Miró un instante al joven. Seguía durmiendo, aunque de vez en cuando parecía murmurar palabras sueltas sin sentido alguno. El sillón incluso le pareció cómodo en el momento de sentarse y relajar su cuerpo después de hacer toda la tarde de enfermera. Y recordaba que cuando estaban juntos, en varias ocasiones lo había animado a que cambiase de sillones ya que resultaban demasiado incómodos, además de ser bastante feos.

En medio de la penumbra que dominaba el apartamento por completo, dejó que el sueño la invadiese. Afortunadamente el ambiente destemplado había desaparecido.

Al otro lado de las cortinas y del cristal, la noche tomaba sin resistencia alguna la ciudad. La luna como espectadora observaba a los ciudadanos como se encerraban en sus casas, como las calles se iban quedando poco a poco vacías. Ni siquiera los vagabundos, al menos la mayoría, se atrevían a dormir en los portales o en las estaciones del metro. No desde que apareciesen varios cuerpos brutalmente mutilados. Ahora, apenas empezaba a anochecer se encaminaban en silencio a los albergues que el ayuntamiento tenía abiertos para personas en situaciones extremas, y que en circunstancias normales solo usaban en las noches más frías del invierno.

Y en el otro extremo de la ciudad sin árboles, dos amantes compartían sabanas, labios y sudor. Dos amantes que aspiraban a dominar la ciudad. A dominar a todos y cada uno de sus ciudadanos. Se derramaría sangre. De hecho ya había comenzado a derramarse sangre. La guerra había empezado. No se había planeado así, pero los acontecimientos se precipitaban irremediablemente hacia un final casi apocalíptico. Y eso excitaba sus cuerpos y sus mentes. El sudor recorría hasta los rincones más recónditos de la piel de ambas mujeres.








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