lunes, 26 de septiembre de 2016

UNA POSIBLE ALIADA PARTE 3

Tercera y última parte del capítulo nº13.


Tomando café y con un plato en medio de la mesa con media docena de churros, Marta le contó que conocía aquella librería que de hecho había estado trabajando allí unos meses, y que fue precisamente trabajando allí donde conoció al último chico con el que estuvo, Marcos. 

Entre bocado y bocado de churros y trago y trago de café, R se interesó por su vida privada. ¿Por qué ya no estaba con ese joven? ¿Estaba actualmente con alguien? Y si era así, ¿Por qué no quedaban una noche los cuatro para cenar? Pero Marta le contó que actualmente no estaba con nadie. No había acabado muy bien con el último, y no tenía demasiadas ganas en ese momento de volver a empezar algo que podría no funcionar. Pero que si querían si podían quedar a cenar, y así de paso conocía por fin a su pareja.




-¿Por qué se acabó con ese joven?- le preguntó en un momento R.

Pero Marta no supo que responder. Durante un instante se quedó pensativa, sujetando la taza ya medio vacía de café entre sus manos, sintiendo todavía una pizca de calor proveniente del oscuro líquido entre sus dedos. El plato de churros vacío. Y en su mente empezó a reproducirse el último encuentro con Marcos, y aquellas feas palabras que sin querer habían salido a relucir. A la vez que el recuerdo de la última noche pasada con él le invadió por completo, cuando ya sabía que por la mañana todo acabaría. De camino al piso había ido mirando la posibilidad de ni siquiera dejar que pasase la noche, y decírselo incluso antes de cenar. Pero toda su mente se debatía entre dudas y nervios, por lo que al final cenaron, hicieron el amor por última vez y por la mañana se lo dijo.

Ahora, junto a su padre y terminando ya el café pensó que mejor era olvidar y pasar página. Si en el pasado se había cometido algún error, difícil era ya solucionarlo.

Finalmente salieron de la cafetería. El trabajo los reclamaba a ambos por igual. Sobre los grises edificios de la ciudad, las negras nubes de tormenta combatían a muerte unas entre otras por hacerse un hueco. Las gentes marchaban de un lado a otro, con los paraguas cerrados y cogidos de las manos en esos momentos, pues la lluvia aparecía y desaparecía a su antojo. 

El tráfico tan denso como siempre. Semáforos en verde…en rojo…peatones cruzando…gente entrando y saliendo de edificios, comercios, vagabundos sentados en el suelo cubiertos con una vieja manta y la tapadera de una caja con algunas monedas. El habitual ajetreo del que tanto a padre como a hija les encantaba formar parte.

Quedaron para el siguiente lunes, Marta lo ayudaría a comprar un buen libro para Isabel. Y de paso saludaría a Lucia, que llevaba bastante tiempo sin saber de ella. Se dieron un beso y un abrazo. R sintió que resultaba bastante agradable la extraña sensación de ser padre. Su hija se había convertido en una atractiva e inteligente mujer, que se abría paso en la vida siempre con la mirada hacia el frente. Y estaba orgulloso.

-Espera un momento- R retrocedió sobre sus pasos cuando ya se habían despedido. Su hija esperaba junto al paso de peatones a que el semáforo les dejara cruzar al otro lado de la calle. Se acercó a Marta ajustándose el sombrero.

-Dime.

-¿Crees en los vampiros?- R hizo la pregunta en voz baja, acercando su rostro lo más que pudo a Marta, para que nadie a su alrededor oyese la “estúpida” pregunta.

El semáforo cambio de color. Los coches se detuvieron y las personas que aguardaban empezaron a cruzar. Marta se quedó frente a su padre, mirándolo un instante. R se había retirado ligeramente de su hija tras hacer la pregunta, y la miraba fijamente. Intentando no causar ningún tipo de extraña alarma en la chica.

-¿Por qué me preguntas eso?- Marta se acordó entonces de su ex y la visita con la estúpida historia de que le había mordido una mujer vampiro.

-Por nada- R pareció recapacitar y sintió entonces lo tonto que podía haber sonado aquella pregunta. Movió la cabeza.- Tonterías mías, hija. No te preocupes.- Aquella estúpida idea de los vampiros se le había ocurrido viendo la televisión junto a Isabel, después de cenar. Buscaban algo que ver y pasaban tranquilamente canal a canal en busca de alguna película. En uno de esos canales emitían una de vampiros y justo vio como un vampiro mordía a una de sus víctimas dejando la marca de sus colmillos en el cuello. Muy similares a los que había encontrado en el cuello de Pedro el informático. En silencio, y durante un instante las marcas de Pedro y las de la víctima de la película se juntaron en su mente. “Joder, se dijo, ¿y si existiesen los vampiros y al informático lo hubiese mordido uno? Pero un par de segundos después desechó la idea. Sonaba completamente ridículo. Sintiendo que Isabel recogía sus pies sobre el asiento del sofá y se arrimaba a él, reanudó la búsqueda de algo entretenido para ver juntos.

Y al final cada uno volvió a su vida. Marta cruzó el paso de peatones y se perdió entre el resto de la gente, calle abajo. Mientras que R se dirigió de nuevo a su oficina con la mirada baja, pensando en que no tenía que haberle dicho nada sobre si creía en vampiros o no. 

De todas formas, eso no significaba nada. Era imposible que lo relacionase con el asesinato del informático, por el cual le había preguntado en la oficina.



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lunes, 19 de septiembre de 2016

UNA POSIBLE ALIADA PARTE 2


Segunda parte de este nuevo capítulo. 

Recordaros también que podéis descargaros el libro completo AQUÍ.

Gracias por visitar el blog.



Bajo la mortecina lluvia de la mañana, R se dirigió a su oficina. El brillante sol del día anterior ahora parecía haber pasado a mejor vida, y en su lugar el tono gris del otoño de nuevo cubría la ciudad. Por la tarde tenía que ir al piso de Ana, donde la escritora le entregaría un cheque para empezar la investigación e ir cubriendo gastos, tal y como habían acordado en la charla. Cierto era que no había mucho por dónde empezar, pero habría que moverse. Emplearía las mañanas en trabajar en la oficina y después de comer dedicaría el resto de la jornada al caso del informático. Un café en la misma cafetería y directo a la oficina.

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Pero al llegar a su pequeña oficina, encontró a alguien en la puerta que desde luego no esperaba. Se quedó un instante inmóvil a un par de metros, con el paraguas cerrado, en su mano izquierda. Allí estaba ella, cubriéndose con un paraguas de color rojo y mirando a través del ventanal de su oficina, como buscando al propietario en el interior.



-Marta- murmuró dando un par de pasos y acercándose un poco más.
La chica se volvió. En su rostro se dibujó un ligero gesto de alegría.

-Hola R.

Un tímido beso en la mejilla entre padre e hija. Entraron en la oficina. Dejando su abrigo y sombrero en el perchero, escuchaba a su hija mientras le contaba que llevaba varios días queriendo pasar a verle. Incluso había pensado en llamarlo por teléfono, pero que aquello le resultaba algo frio. Marta permanecía de pie. Con las manos en los bolsillos de su abrigo color crema y su bolso haciendo juego, colgado del hombro.

-¿Sabes algo de tu madre?- Por un instante R se sorprendió preguntando por alguien por la que llevaba muchos años sin pensar.
-No. Nada.- Ella negó con la cabeza como si tampoco le importase demasiado el no saber ya nada el resto su vida de aquella mujer.
-Tengo que cubrir una noticia aquí cerca- dijo siguiendo a su padre con la mirada, mientras rodeaba la mesa y se sentaba en su sillón.- Y me pareció buena idea pasar a saludarte. Hace tiempo que no nos vemos.

Se desabrochó el abrigo y se sentó frente a R. Sus miradas se cruzaban en silencio.

-¿Te marcha todo bien? ¿El trabajo, la vida en general?- R no estaba acostumbrado a ejercer de padre. Y quizá nunca hubiese sabido. Pero sí quería saber de ella. Y reconocía que algunas veces se había descubierto así mismo pensando en su hija. La ciudad era grande, pero no tanto como para no verse durante varios meses seguidos. Y quizá la culpa era solo de él. Que podía hacer más de lo que en realidad hacía.

-Me gusta mi trabajo- confesó ella- el periódico es un buen sitio para trabajar. Tengo buenos compañeros. ¿Y tú? Como te va todo.
R movió la cabeza. No sabía si decirle todavía el que finalmente iba a vivir con Isabel. La chica sabía de su relación con aquella mujer más joven que él. No la conocía personalmente, pero sabía de su existencia.

-Pues con mis casos, ya sabes. Timos a seguros… estafas… cuernos… nada interesante la verdad.

-¿No tienes casos de asesinatos o algo más interesante?- Quiso saber su hija. Solo por curiosidad.

¿Por qué habría preguntado eso? De repente R la miró fijamente. ¿Por qué había mencionado la palabra asesinato? ¿Sabría algo? ¿Sería su visita una…pues eso una… simple visita de cortesía o era algo más? Maldita paranoia.

-¿Sabes tú algo de asesinatos últimamente?

-No- Contestó Marta moviendo la cabeza algo extrañada ante la pregunta de su padre. Quizá no se viesen mucho, quizá su trato era en consecuencia bastante limitado, pero lo conocía seguramente más a él, que él a ella.- ¿Estás metido en algún caso de asesinato?- Preguntó en voz baja.

R movió la cabeza. Pensó en contarla así por encima el asunto. Al fin y al cabo era el periódico donde ella trabajaba, uno de los que había dado la noticia del asesinato de Pedro el informático, aunque solo hubiese sido de pasada. Quizá hubiese oído algo en la redacción. Se levantó de su sillón y con pasos cortos se acercó al ventanal. Fuera, la ciudad sin árboles iniciaba un nuevo día. De nuevo un día bajo el incansable e incesante manto de la lluvia. Una lluvia a la que la gente parecía haberse hecho con la misma facilidad con la que se habían hecho a la inexistencia de árboles y plantas. El paraguas se había convertido en algo imprescindible cuando se salía de casa. Como si una parte misma del cuerpo humano se tratase. Casi una mutación. Era verdad que se encontraban en otoño pero la gente murmuraba algo preocupada que nunca un otoño en esta ciudad había sido tan lluvioso. Miró un instante a su hija, que se había girado en su asiento siguiéndolo con la mirada.

-¿Has oído algo sobre el asesinato de Pedro M.? ¿Un informático que vivía a las afueras?- Preguntó con las manos en los bolsillos.

-Que ahora recuerde…no- respondió Marta después de hacer un corto ejercicio de memoria.- ¿Es un caso en el que estás metido?

-Mataron hace poco a un chaval, un informático. Tu periódico dio la noticia, aunque en el interior, nada importante.- R intentó que hiciese memoria. Volvió a rodear la mesa y se sentó en su sillón.

-Lo siento, pero no he oído nada- se lamentó su hija. Si había sido una noticia casi sin importancia, solo una pequeña reseña, le habría resultado bastante difícil enterarse.- Pero podría ayudarte si quieres. Puedo preguntar por ahí, a ver si saben algo.

R dibujó una ligera sonrisa en su rostro, en su viejo rostro, sintió de repente y con gran pesadumbre. Porque al tener frente a él a su hija y ver que se trataba de toda una mujer “hecha y derecha” como se solía decir, sintió que su cuerpo de repente pesaba más de lo normal. Se notaba pesado. Sentía de golpe el peso de los años sobre sus hombros y en sus huesos. Se notaba más mayor de lo que en realidad era. Y viendo a su hija se dio cuenta entonces de que no la podía meter en algo semejante. Era muy joven, bonita y tenía por delante una prometedora vida. El caso de Pedro el informático no tenía buena pinta, y no deseaba que ella estuviese en medio. Le rogó que no preguntase nada. No hacía falta. Él ya tenía suficientes pistas, mintió, para ir avanzando en el caso.

-¿Te apetece un café con churros?- Preguntó entonces como queriendo zanjar el tema del asesinato. Solo habían hablado de trabajo y Marta no había ido a verlo para eso. R quería saber de la vida de su hija. Y no meterla en un turbio caso suyo.

-Claro- Marta encontró agradable la idea de un café con churros.

R rodeó la mesa, sonriendo en silencio a su hija al pasar por su lado y dirigirse a por el abrigo y el sombrero. Ésta se incorporó colocando el bolso en el costado y llevándose las manos hacia los botones del abrigo, pero entonces y de manera accidental descubrió la tarjeta de la librería, pillada con el teclado del ordenador. Con cuidado la cogió. Antes de observarla detenidamente sabía a quién pertenecía. El colorido de la tarjeta y el dibujo de libros que iban de extremo a extremo en la parte superior la hacían difícil de no recordar.

-¿De qué conoces esta librería?

-¿No le puede gustar a tu viejo padre la lectura?- preguntó el detective mostrando una sonrisa y mirando a Marta mientras se colocaba el abrigo.

-No me refería a eso- Marta volvió a dejar la tarjeta en la mesa y pillada con el teclado del ordenador.


De camino a la cafetería le confesó que quería regalar a Isabel un libro, y que “casualidades de la vida” una clienta de la agencia era escritora y que el próximo lunes firmaría ejemplares en esa librería, y le había invitado a pasarse. Aprovecharía para comprar el libro.

                                               Continuará...



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lunes, 12 de septiembre de 2016

CAPITULO 13 UNA POSIBLE ALIADA PARTE 1




Después del parón veraniego, volvemos con las publicaciones semanales de "La historia de la ciudad sin árboles"

Seguimos con la formula de dividir los capítulos en dos partes o incluso en tres en algunas ocasiones.

Os recuerdo también que si queréis podéis adquirir el libro pinchando AQUÍ.

Gracias y espero que disfrutéis de la lectura.




A última hora de la tarde recibió la agradable visita de Isabel. Le encontró ojeando unos documentos en su sillón de cuero, con los pies sobre la mesa. La persiana estaba echada, y la luz del fluorescente iluminaba el interior de la oficina. Salió al encuentro de la joven en cuanto entró. Se besaron.

-¿Llego demasiado pronto?- Isabel se sentó tranquilamente en el sillón destinado a los clientes, mirando a su detective.

-Solo tardo cinco minutos- R mostró una ligera sonrisa volviendo su atención a los documentos.

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Algunos minutos después, la oficina echaba el cierre hasta la mañana siguiente. Por suerte no llovía. Al final, el sol había ganado aquella batalla contra las nubes, y no había llovido durante todo el día. Aunque a media tarde un ligero aire hizo que la temperatura descendiese ligeramente.


R guardó sus manos en los bolsillos del abrigo e Isabel lo cogió de un brazo y se pegó a él mientras caminaban por la acera, siendo testigos de cómo el anochecer se adueñaba lenta e irremediablemente de aquella ciudad en la que vivían y en la que probablemente morirían.

-Podíamos pasar por la tapicería- Dijo en un momento Isabel mientras cruzaban por un paso de peatones. El semáforo estaba en rojo para los vehículos que aguardaban pacientes con el motor en marcha. R asintió con la cabeza, sintiendo y agradeciendo como Isabel se acercaba más a él mientras caminaban. Pasaron por la tapicería. 

Habían decidido cambiar las cortinas. R era consciente de que las que tenía en esos momentos en el piso eran bastantes feas, y muy viejas. La decoración nunca había resultado ser su fuerte, ni tampoco lo había prestado demasiada atención. Ya en el interior de la tapicería, mientras Isabel revolvía entre los muestrarios de telas eligiendo la tela para las cortinas, pensó en la casa de Pedro. ¿Cómo sería vivir a las afueras? No precisamente en esa casa, pero en un barrio similar. Sin vecinos ni arriba, ni abajo, ni en los laterales. Sin ascensores, ni portales.

-A mí me gusta el centro- Confesó Isabel mientras cenaban, algo desconcertada por el extraño y repentino interés del detective por las afueras. La televisión estaba apagada. Después la encenderían para ver alguna película, pero normalmente les gustaba cenar con ella apagada. Las cortinas del salón a medio abrir dejaban a la vista un trocito de la ciudad a oscuras, salpicada por puntitos de luces multicolores.- Creí que a ti también te gustaba vivir en el centro.
-Y me encanta vivir en el centro.

-¿Entonces?

-No lo sé. Solo fue…una tontería.

El tema de la casa a las afueras quedó en nada, ya que a ambos les gustaba vivir en el centro. Y aquello solo fue una tonta ocurrencia de R. Poder ir al trabajo sin tener que coger el coche. Poder ir a por el pan sin tener que coger el coche. Siempre con el coche de un lado a otro en caso de vivir a las afueras. ¿Dónde estaba entonces la comodidad?  Después hablaron de la mudanza. No había prisa pero en un mes Isabel tenía que dejar vacío el piso en donde estaba viviendo. Ya había avisado al casero y tenía ese mes pagado con la fianza. Harían la mudanza tranquilamente los fines de semana. Sin agobios. Aunque conociendo a Isabel, pensó R, al final harían la mudanza en un solo fin de semana de prisa y corriendo. 



Y finalmente volvían a disfrutar el uno del otro. Desnudos en la cama se descubrían una y otra vez como si fuese la primera vez que compartían cama. Se conocían, sabían perfectamente qué era lo que les gustaba a ambos, y qué no. Sus cuerpos sudorosos, sus respiraciones entrecortadas. Sumergidos en la oscuridad del dormitorio acariciaban los cuerpos desnudos. Dibujaban en la intimidad de la noche múltiples posturas. Sus labios en medio de la oscuridad sabían qué partes de los cuerpos besaban a cada momento. Al final, exhaustos y abatidos entre jadeos y sudores caían rendidos el uno junto al otro.  


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jueves, 28 de julio de 2016

EL NIÑO

Buenas tardes. Continuamos aguantando el pesado calor del verano. Os dejo aquí un viejo relato de hace un tiempo, que no es otra cosa que un recuerdo de la niñez.
Espero que os guste. Gracias.




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El niño sentado en el suelo con las piernas estiradas y apoyado en la pared de su casa, a la izquierda de la puerta principal. Su camiseta de manga corta y color azul y el pantalón claro que su madre le compró en el mercadillo. Tenía que ser un pantalón corto y barato. Porque su vida útil se limitaba tan solo a ese verano. No porque el niño pudiese crecer de un verano a otro, que también, sino porque seguramente lo rompería antes de que llegase septiembre. Ningún tipo de ropa sobrevive un verano a un niño que solo piensa en jugar y disfrutar del sol.  Sin saber qué día de la semana es. Porque cuando se tienen ocho años y se está en verano, los días de la semana pierden todo significado, todo su sentido. No existen. Todavía tiene una mancha de cola cao en la comisura de sus labios. Como cada mañana su madre le prepara un buen vaso de leche caliente con cola cao, donde el pequeño moja esas galletas que tanto le gustan, y que su madre compra en una pastelería donde los dulces artesanales son conocidos en el barrio entero. La mañana promete pasar lenta y calurosa. Irán al río, porque piscina todavía no tiene el pueblo. El río es mucho más divertido. Podrán pescar pececillos y jugar entre los árboles que rodean toda la zona accesible del río. 
 Pero la tranquilidad de la mañana se rompe de golpe. De manera brutal y desgarradora. Un enorme coche pasa por la calle, las piernas del niño apenas quedan a escasos centímetros de las ruedas del coche, esas mismas que apenas tres metros más adelante atropellan a la gata que el niño llama cariñosamente. Porque la gatita es de ellos. Seguramente ha estado toda la noche por los tejados y es ahora cuando regresa a casa, seguramente para dormir durante todo el día, porque eso es lo que hacen los gatos. Pero las ruedas de aquel coche destrozan la tranquilidad de la mañana, así como la rutina de la gatita. El animalito queda aplastado en medio de la calle. Sus patas traseras se agitan violentamente. Y seguirán agitándose hasta que el cuerpo ya sin vida se quede frío. El niño no puede apartar la mirada de su gatita muerta. Un vecino sale corriendo recriminando al conductor su acto "no puedes correr tanto, desgraciado" Pero el coche no aminora la velocidad. La madre coge en brazos a su hijo y llora al descubrir a su gata en medio de la calle, apenas reconocible en medio de un gran charco de sangre.

domingo, 24 de julio de 2016

RELATO BREVE



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Sintió que no podía más. El mundo marchaba a una velocidad que le era imposible alcanzar. Su mente a punto de explotar, su cuerpo apunto de desaparecer.
No era capaz incluso de acertar a leer la poesía que encerraba el cuerpo de aquella mujer a la que amaba y a la que tristemente veía junto a otro hombre pasear a orillas del mar. 
Cada amanecer una tortura, cada anochecer una esperanza al rogar desesperado que cuando cerrase los ojos no volviese jamas a abrirlos.

sábado, 16 de julio de 2016

RECUERDOS



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"Dudo mucho que algún día logre reconciliarme con la muerte. Ni siquiera cuando una noche venga a por mi, sin avisar. O quizás si avise. Quizás a lo largo de los años vaya enviando pequeños mensajes. "voy a por ti". No corras...no huyas...no grites...no llores...
Y solo entonces la mirare de cara. Asustado. Pero de cara.
Y pensaré en ti. En aquellas noches de invierno tumbados junto a la chimenea. Una copa de vino ligeram
ente retirada del calor que desprenden los troncos al arder. A ti si te gustaba el vino. A mi no.
Reías con la copa medio vacía en la mano. Y la luz del fuego resplandecía en tu cuerpo desnudo. Tragos cortos. Insistías en que te acompañase con el vino"
.

lunes, 4 de julio de 2016

Y LLEGÓ EL VERANO


Llega el verano, y con él nuestra vida cambia queramos o no.

Los días son más largos, las noches...las noches son inolvidables, mágicas, distintas. 

No quiero analizar ni tirarme el "rollo" hablando de lo que hacemos en verano o como esta época del año nos afecta.

Cada cual, bien sea un trabajador, estudiante, parado, sabe demasiado bien qué hacer o puede hacer en verano. Lo que es indudable de que en esta época abrimos el ordenador bastante menos de lo que lo hacemos el resto del año.

No terminamos de estar "desconectados" del todo, pero es cierto que no estamos tanto tiempo frente a la pantalla. 

Por eso es, que aprovecho este momento para anunciar que hasta el 5 de septiembre no volveré a publicar más capítulos de "La historia de la ciudad sin árboles"

Confío en que esta decisión sea entendida para bien. Hay mucha gente que sale de vacaciones, no se conecta tanto (como antes he dicho) y es por eso que tomo la decisión de no publicar más capítulos hasta el 5 de septiembre.

Personalmente no me voy de vacaciones, pero aprovecharé para actualizar un poco el blog, e ir aprendiendo un poquito más para que las visitas al mismo sean más agradables para el lector.

Continuaré publicando todas las semanas, pero nada relacionado con "La historia de la ciudad sin árboles"

Gracias.




Este es un relato breve que también podéis encontrar pinchando aquí


A RAS DEL SUELO

No recuerdo exactamente en que momento de mi vida empezó a ocurrir. Ni qué motivo fue el desencadenante para su aparición. Solo sé que ahora tengo que vivir a ras del suelo.

Soy una persona normal, con un trabajo…una mujer a la que amo y con la que probablemente me case…una casa bonita a las afueras de la ciudad…amigos y amigas normales… ¿Feliz al cien por cien? Quizá no todo el mundo llegue a ser feliz al completo a lo largo de su vida.

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Pero lo cierto es que no sé por qué una extraña sensación de… ¿querer morir? Si, podría ser esa una buena y curiosa definición, querer morir, me sacude la mente cada vez que mis pies dejan de pisar tierra firme, cuando subo a un piso superior a un primero o segundo de altura. No tengo vértigo, creo, pero un miedo terrible me inunda estando en la terraza de un piso.

No hace mucho mi novia y yo estuvimos en el piso de una pareja amiga recién casados. Se trataba de una visita de cortesía, para mostrarnos su nueva vivienda…tomar una copa…incluso cenar. Durante el “tour” por el nuevo piso, mi colega y yo salimos a la terraza. Le apetecía echarse un cigarrillo. Yo he de decir que no fumo. Charlando y oyendo en el interior del piso a su mujer y mi novia, fueron pasando los minutos. 

Fue entonces cuando él abrió la ventana de la mampara de la terraza, ya que se trataba de una terraza cerrada. Inconscientemente me asomé. Se trataba de un octavo piso. Rápidamente tuve que retirarme, incluso entrar en el salón. Mi colega se asustó, y mi novia se interesó por mí al verme sentado en uno de los sillones, completamente con la piel blanca. No sentía mareo. 

Lo que sentía era que al ver aquella ventana abierta, y el “vacío” que se abría ante mis ojos un miedo atroz me golpeó con fuerza. Un miedo ante la idea de que mi mente deseaba saltar al vacío. Y sentía como mi cuerpo no respondería. No podría controlar mi propio cuerpo, ni a mi propia mente. YO, quedaba en un segundo plano y mi mente se convertía en un ente independiente, en el que obligaba a mi cuerpo a lanzarse al vacío. Y sentía en mi interior que no podría evitarlo, que por más que luchase, el cuerpo no me respondería. Perdería el control de cuerpo y mente, y solo sentiría el golpe al caer en la acera ocho pisos más abajo. 

Al día siguiente, a la hora de comer, no salí de la oficina en la que trabajo de nueve a seis. Subí a la azotea. Un lugar donde algunos compañeros y compañeras de la empresa suelen salir a fumar un ratillo. Al abrir la puerta de acceso y ver ante mis ojos la enorme azotea, no sentí nada. Creí que lo del día anterior en el piso de nuestros amigos había sido algo aislado. Pero a medida que me acercaba al final de la azotea y el “vacío” se abría ante mí, empecé a tener la misma sensación. Las piernas se me doblaron, y sentí que tuve que hacer un gran esfuerzo para retroceder sobre mis pasos y agarrarme a la puerta abierta de acceso al interior. Mi mente volvía a convertirse en un ente. Un ente que obligaba a mi cuerpo a desobedecerme y saltar al vacío. ¿Habitaba alguien en mi mente que desease mi muerte? Agarrado a la puerta y con el cuerpo medio doblado, lloré desconsolado. ¿Quién vivía conmigo? ¿Escondido en mi propio cerebro, en mi propia mente, que solo deseaba que me lanzase al vacío? Y miré al final de la azotea, donde veía el brusco corte de hormigón del edificio y después el vacío. “Salta, salta, salta” Una voz martilleaba mi cerebro. Me arrastré al interior. Caí rodando por las escaleras, unos doce escalones.

Un brazo roto y un tobillo torcido producido por la caída. Me dieron la baja.

Sentado en el jardín de mi casa, observo como no muy lejos de donde vivo, los edificios se alzan majestuosos. Los miro fijamente. Parece como si ellos me mirasen. Como si me llamasen e invitasen a subir. Porque algo desea mi muerte. No he mencionado nada a mi novia, a la que noto preocupada cuando me sorprende mirando fijamente a los altos bloques de hormigón y cristal. Intento tranquilizarla.

Tendré que convencerla de que trasladarnos al centro en cuanto demos el paso de casarnos, tendrá que esperar. O tendrá incluso que cancelarse. No puedo enfrentarme a los edificios, a las alturas. Sé con toda certeza que me vencerían. Que al final, saltaría.

Tendré que vivir toda mi vida a ras de suelo.