jueves, 28 de julio de 2016

EL NIÑO

Buenas tardes. Continuamos aguantando el pesado calor del verano. Os dejo aquí un viejo relato de hace un tiempo, que no es otra cosa que un recuerdo de la niñez.
Espero que os guste. Gracias.




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El niño sentado en el suelo con las piernas estiradas y apoyado en la pared de su casa, a la izquierda de la puerta principal. Su camiseta de manga corta y color azul y el pantalón claro que su madre le compró en el mercadillo. Tenía que ser un pantalón corto y barato. Porque su vida útil se limitaba tan solo a ese verano. No porque el niño pudiese crecer de un verano a otro, que también, sino porque seguramente lo rompería antes de que llegase septiembre. Ningún tipo de ropa sobrevive un verano a un niño que solo piensa en jugar y disfrutar del sol.  Sin saber qué día de la semana es. Porque cuando se tienen ocho años y se está en verano, los días de la semana pierden todo significado, todo su sentido. No existen. Todavía tiene una mancha de cola cao en la comisura de sus labios. Como cada mañana su madre le prepara un buen vaso de leche caliente con cola cao, donde el pequeño moja esas galletas que tanto le gustan, y que su madre compra en una pastelería donde los dulces artesanales son conocidos en el barrio entero. La mañana promete pasar lenta y calurosa. Irán al río, porque piscina todavía no tiene el pueblo. El río es mucho más divertido. Podrán pescar pececillos y jugar entre los árboles que rodean toda la zona accesible del río. 
 Pero la tranquilidad de la mañana se rompe de golpe. De manera brutal y desgarradora. Un enorme coche pasa por la calle, las piernas del niño apenas quedan a escasos centímetros de las ruedas del coche, esas mismas que apenas tres metros más adelante atropellan a la gata que el niño llama cariñosamente. Porque la gatita es de ellos. Seguramente ha estado toda la noche por los tejados y es ahora cuando regresa a casa, seguramente para dormir durante todo el día, porque eso es lo que hacen los gatos. Pero las ruedas de aquel coche destrozan la tranquilidad de la mañana, así como la rutina de la gatita. El animalito queda aplastado en medio de la calle. Sus patas traseras se agitan violentamente. Y seguirán agitándose hasta que el cuerpo ya sin vida se quede frío. El niño no puede apartar la mirada de su gatita muerta. Un vecino sale corriendo recriminando al conductor su acto "no puedes correr tanto, desgraciado" Pero el coche no aminora la velocidad. La madre coge en brazos a su hijo y llora al descubrir a su gata en medio de la calle, apenas reconocible en medio de un gran charco de sangre.

domingo, 24 de julio de 2016

RELATO BREVE



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Sintió que no podía más. El mundo marchaba a una velocidad que le era imposible alcanzar. Su mente a punto de explotar, su cuerpo apunto de desaparecer.
No era capaz incluso de acertar a leer la poesía que encerraba el cuerpo de aquella mujer a la que amaba y a la que tristemente veía junto a otro hombre pasear a orillas del mar. 
Cada amanecer una tortura, cada anochecer una esperanza al rogar desesperado que cuando cerrase los ojos no volviese jamas a abrirlos.

sábado, 16 de julio de 2016

RECUERDOS



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"Dudo mucho que algún día logre reconciliarme con la muerte. Ni siquiera cuando una noche venga a por mi, sin avisar. O quizás si avise. Quizás a lo largo de los años vaya enviando pequeños mensajes. "voy a por ti". No corras...no huyas...no grites...no llores...
Y solo entonces la mirare de cara. Asustado. Pero de cara.
Y pensaré en ti. En aquellas noches de invierno tumbados junto a la chimenea. Una copa de vino ligeram
ente retirada del calor que desprenden los troncos al arder. A ti si te gustaba el vino. A mi no.
Reías con la copa medio vacía en la mano. Y la luz del fuego resplandecía en tu cuerpo desnudo. Tragos cortos. Insistías en que te acompañase con el vino"
.

lunes, 4 de julio de 2016

Y LLEGÓ EL VERANO


Llega el verano, y con él nuestra vida cambia queramos o no.

Los días son más largos, las noches...las noches son inolvidables, mágicas, distintas. 

No quiero analizar ni tirarme el "rollo" hablando de lo que hacemos en verano o como esta época del año nos afecta.

Cada cual, bien sea un trabajador, estudiante, parado, sabe demasiado bien qué hacer o puede hacer en verano. Lo que es indudable de que en esta época abrimos el ordenador bastante menos de lo que lo hacemos el resto del año.

No terminamos de estar "desconectados" del todo, pero es cierto que no estamos tanto tiempo frente a la pantalla. 

Por eso es, que aprovecho este momento para anunciar que hasta el 5 de septiembre no volveré a publicar más capítulos de "La historia de la ciudad sin árboles"

Confío en que esta decisión sea entendida para bien. Hay mucha gente que sale de vacaciones, no se conecta tanto (como antes he dicho) y es por eso que tomo la decisión de no publicar más capítulos hasta el 5 de septiembre.

Personalmente no me voy de vacaciones, pero aprovecharé para actualizar un poco el blog, e ir aprendiendo un poquito más para que las visitas al mismo sean más agradables para el lector.

Continuaré publicando todas las semanas, pero nada relacionado con "La historia de la ciudad sin árboles"

Gracias.




Este es un relato breve que también podéis encontrar pinchando aquí


A RAS DEL SUELO

No recuerdo exactamente en que momento de mi vida empezó a ocurrir. Ni qué motivo fue el desencadenante para su aparición. Solo sé que ahora tengo que vivir a ras del suelo.

Soy una persona normal, con un trabajo…una mujer a la que amo y con la que probablemente me case…una casa bonita a las afueras de la ciudad…amigos y amigas normales… ¿Feliz al cien por cien? Quizá no todo el mundo llegue a ser feliz al completo a lo largo de su vida.

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Pero lo cierto es que no sé por qué una extraña sensación de… ¿querer morir? Si, podría ser esa una buena y curiosa definición, querer morir, me sacude la mente cada vez que mis pies dejan de pisar tierra firme, cuando subo a un piso superior a un primero o segundo de altura. No tengo vértigo, creo, pero un miedo terrible me inunda estando en la terraza de un piso.

No hace mucho mi novia y yo estuvimos en el piso de una pareja amiga recién casados. Se trataba de una visita de cortesía, para mostrarnos su nueva vivienda…tomar una copa…incluso cenar. Durante el “tour” por el nuevo piso, mi colega y yo salimos a la terraza. Le apetecía echarse un cigarrillo. Yo he de decir que no fumo. Charlando y oyendo en el interior del piso a su mujer y mi novia, fueron pasando los minutos. 

Fue entonces cuando él abrió la ventana de la mampara de la terraza, ya que se trataba de una terraza cerrada. Inconscientemente me asomé. Se trataba de un octavo piso. Rápidamente tuve que retirarme, incluso entrar en el salón. Mi colega se asustó, y mi novia se interesó por mí al verme sentado en uno de los sillones, completamente con la piel blanca. No sentía mareo. 

Lo que sentía era que al ver aquella ventana abierta, y el “vacío” que se abría ante mis ojos un miedo atroz me golpeó con fuerza. Un miedo ante la idea de que mi mente deseaba saltar al vacío. Y sentía como mi cuerpo no respondería. No podría controlar mi propio cuerpo, ni a mi propia mente. YO, quedaba en un segundo plano y mi mente se convertía en un ente independiente, en el que obligaba a mi cuerpo a lanzarse al vacío. Y sentía en mi interior que no podría evitarlo, que por más que luchase, el cuerpo no me respondería. Perdería el control de cuerpo y mente, y solo sentiría el golpe al caer en la acera ocho pisos más abajo. 

Al día siguiente, a la hora de comer, no salí de la oficina en la que trabajo de nueve a seis. Subí a la azotea. Un lugar donde algunos compañeros y compañeras de la empresa suelen salir a fumar un ratillo. Al abrir la puerta de acceso y ver ante mis ojos la enorme azotea, no sentí nada. Creí que lo del día anterior en el piso de nuestros amigos había sido algo aislado. Pero a medida que me acercaba al final de la azotea y el “vacío” se abría ante mí, empecé a tener la misma sensación. Las piernas se me doblaron, y sentí que tuve que hacer un gran esfuerzo para retroceder sobre mis pasos y agarrarme a la puerta abierta de acceso al interior. Mi mente volvía a convertirse en un ente. Un ente que obligaba a mi cuerpo a desobedecerme y saltar al vacío. ¿Habitaba alguien en mi mente que desease mi muerte? Agarrado a la puerta y con el cuerpo medio doblado, lloré desconsolado. ¿Quién vivía conmigo? ¿Escondido en mi propio cerebro, en mi propia mente, que solo deseaba que me lanzase al vacío? Y miré al final de la azotea, donde veía el brusco corte de hormigón del edificio y después el vacío. “Salta, salta, salta” Una voz martilleaba mi cerebro. Me arrastré al interior. Caí rodando por las escaleras, unos doce escalones.

Un brazo roto y un tobillo torcido producido por la caída. Me dieron la baja.

Sentado en el jardín de mi casa, observo como no muy lejos de donde vivo, los edificios se alzan majestuosos. Los miro fijamente. Parece como si ellos me mirasen. Como si me llamasen e invitasen a subir. Porque algo desea mi muerte. No he mencionado nada a mi novia, a la que noto preocupada cuando me sorprende mirando fijamente a los altos bloques de hormigón y cristal. Intento tranquilizarla.

Tendré que convencerla de que trasladarnos al centro en cuanto demos el paso de casarnos, tendrá que esperar. O tendrá incluso que cancelarse. No puedo enfrentarme a los edificios, a las alturas. Sé con toda certeza que me vencerían. Que al final, saltaría.

Tendré que vivir toda mi vida a ras de suelo.










martes, 28 de junio de 2016

ANA Y ALGUNAS PISTAS SOBRE LA VIDA DE PEDRO-PARTE2

Segunda parte del capítulo "Ana y algunas pistas sobre la vida de Pedro"

También me gustaría recordaros que la novela completa la podéis adquirir pinchando AQUÍ



PARTE 2

-¿Pedro M.?- El detective se sorprendió ligeramente de su propia incertidumbre en ese momento. No asesinaban a diario a personas en esa ciudad. Y mucho menos a dos seguidas que llevasen el mismo nombre.

-No se haga el tonto ¿quiere, por favor?- respondió la mujer mostrando una ligera sonrisa, pero de manera muy sutil- Pedro el informático, así es como le conocía ¿no? anoche estuvo en su casa. Y anteriormente había estado hablando con él.

R la miró detenidamente. Una mujer muy atractiva. ¿Cómo era posible que aquel triste o incluso patético informático pudiese tener una mujer semejante?

-¿Es usted su…?

-¿Mujer? ¿Novia? ¿Amiga?- La mujer le cortó con delicadeza negando ligeramente con la cabeza- Él no quería, o… no terminaba de decidirse.

-No lo entiendo. ¿Por qué?

La mujer desvió un instante la mirada hacia la ventana. Por la que se podía ver el tímido sol que intentaba secar y hacer entrar en calor a la mojada ciudad sin árboles. R la observó en silencio. Tenía un precioso perfil. Cuando algunos segundos después la mujer volvió su mirada hacia él, vio en los ojos un enorme esfuerzo por no llorar.

-Mi nombre actual es Ana- murmuró finalmente- Pero antes me llamaba… Antonio.




“Coño!!!”. El detective no supo en ese momento qué pensar. Nunca lo hubiese imaginado. Que aquella mujer tan… hubiese sido antes un…tío. Pero él intentaba ser un hombre de mente abierta, en la medida de lo posible. Cada uno era muy libre de hacer lo que quisiera con su cuerpo, con su vida. Al fin y al cabo solo tenemos una vida, y solo nos pertenece a nosotros. A nadie más. Nosotros decidimos como vivir.

-Nos vimos algunas veces.- Empezó a relatar Ana.- La primera noche sentí que no estaba muy a gusto. Nos acostamos sí, pero… cuando por la mañana se fue pensé que nunca más volvería a verle. Varios días después me llamó. Quería que cenásemos y poder hablar.

Durante unos segundos Ana enmudeció. Controló que las lágrimas no brotasen de sus ojos. No era una mujer de lágrima fácil. Pero se sentía sobre pasada.

-Le quería ¿sabe usted?- terminó por confesar en voz baja.- Era una persona muy dulce, muy atento. Y no le importaba mi…pasado.

-Entiendo- respondió R unos instantes después. Enseguida le vino a la mente la maceta. Y si se acostaba con aquella…mujer quizá existiese la posibilidad de que ella supiese algo.- ¿Sabía usted si Pedro estaba metido en algo?

-¿A qué se refiere?

-Algún…tipo de “lio” ya me entiende.- R intentó ser lo más diplomático que pudo.

Ana negó con la cabeza.

-Llevaba unos días sin verle. La mañana de su muerte me llamó y me dijo que tenía algo importante que contarme.- Hizo una pausa, de nuevo intentando controlar las lágrimas- Dos días después me enteré de su muerte por la noticia en el periódico.

-¿Y cómo sabe usted que yo estuve en su casa?

-Me contó que quería contratar a un detective. Me dijo su nombre. Yo me asuste y…le pregunté si era grave el tema. Me dijo que no.

-¿Y anoche?-Insistió R.

-Un último adiós- respondió casi en un hilo de voz la mujer.- Quería despedirme en privado, solos él y yo. Y lo vi, husmeando en la casa de Pedro.

La conversación se alargó casi una hora más. Ana le contó cómo se habían conocido y lo enamorada que estaba de él. R le preguntó por sus amistades, por las de ella. Antiguos novios, novias, amigos y amigas, familiares… Alguien que tuviese un motivo para hacer algo al informático. Sobre todo por celos. Pero todo lo que la mujer contó era muy normal. Nada raro. Sus vidas eran de lo más normales. 

Ella se ganaba la vida como escritora de novelas románticas. Una vida nada glamurosa. Nada comparado con las grandes escritoras a nivel nacional o internacional. Pero le daba para pagar su piso y vivir cómodamente aunque sin “tirar cohetes” como le gustaba decir. Pedro se había convertido en su primer lector, su primer y mejor crítico.


-¿Dónde puedo encontrar algún libro suyo?- quiso saber R cuando la mujer se disponía a abandonar la oficina.- Quisiera regalar algo a mi pareja. Y un libro estaría bien.

-¿Antes del lunes?

R movió la cabeza ligeramente. No tenía fecha límite para el regalo. Regalaría el libro a Isabel un lunes…un jueves… o el día que fuese. Un regalo porque sí.

-Precisamente el lunes por la tarde firmo ejemplares en una librería- Del bolso extrajo una pequeña tarjeta de color azul claro, que le entregó con una bonita sonrisa.


El detective cogió la tarjeta y la ojeó un instante. La mujer abandonó la oficina. R observó cómo se alejaba durante unos segundos, y finalmente cerró la puerta. Tranquilamente se sentó en su sillón con la tarjeta en la mano. Volvió a ojearla un par de segundos y después la dejó suavemente y pillada por la mitad con el teclado del ordenador.


lunes, 20 de junio de 2016

ANA Y ALGUNAS PISTAS SOBRE LA VIDA DE PEDRO


Capítulo 12 Parte 1ª. Titulado: Ana y algunas pistas sobre la vida de Pedro.

PARTE 1

Habían pasado tres días desde el asesinato de Pedro. Del misterioso asesinato, para ser más concretos, de aquel triste informático. Y a parte de una pequeña reseña en el interior de un periódico local no se había oído nada más.

Ni siquiera en el mismo barrio en donde había estado viviendo los últimos años fue noticia. Había visitado algunos bares, entrevistado a ciertas personas. Pero nadie sabía nada. Ni siquiera conocían o sabían de la existencia de aquel informático. A la noche siguiente, aprovechando que estaba solo en su piso, decidió que tenía que echar un vistazo al interior de la casa de Pedro.

Imagen de https://pixabay.com/

Dejó el coche a un par de calles. Y tranquilamente se acercó andando, como si fuese un vecino más del barrio. Metió las manos en los bolsillos del abrigo, y con el sombrero protegiendo su cabeza de la fina lluvia que caía hacia la medianoche, llegó hasta la casa.

La tranquilidad y el silencio a esas horas resultaba absoluto. Era quizá lo único bueno que tenía el vivir a las afueras, el silencio. En el centro sin embargo, siempre se podían escuchar las sirenas de la policía, de los bomberos, personas que gritaban…algunas que otras peleas…Pero en fin, la cosa era el acostumbrarse a los ruidos del barrio en donde se vive, pensó.

Algunas farolas iluminaban tímidamente las calles. Apenas un par de luces permanecían encendidas en algunas viviendas. Fue todo lo que encontró desde que bajase del coche hasta rodear la casa y entrar por la parte de atrás.

No le resultó difícil forzar la cerradura de la puerta trasera. Entró y volvió a cerrar con cuidado. Avanzó por la cocina. No sabía exactamente qué buscaba. ¿La maceta? Era más que improbable que permaneciese en la casa. Si fue asesinado, sin duda alguna fue por aquella maceta. ¿Algún otro tipo de pistas? Recordaba los dos agujeros en el cuello. Y aquello no tenía (aparentemente) nada que ver con los dos disparos.

Salió de la cocina y entró en el salón. Su pequeña linterna se movía de un lado a otro, buscando cualquier pista por diminuta e insignificante que fuese. Buscó en cada rincón del salón la maceta, pero no estaba. Primero toda la planta baja, sin resultados positivos. Después el segundo piso. Todo estaba en completo silencio. Parecía como si allí todavía viviese gente. Qué extraña sensación se sentía al estar en la casa de alguien que había muerto hacía relativamente poco. 

La policía se había dedicado a recoger el cadáver y poco más. Si habían buscado pistas desde luego que resultaron ser increíblemente “limpios”. 

Por un momento se preguntó qué pasaría con aquella casa. ¿Quién se quedaría con ella? ¿Se pondría a la venta? ¿De alquiler?

Al final terminó por regresar a su piso. Frustrado porque en aquella casa no encontró absolutamente nada. Ni rastro de la maceta, ni rastro de…nada en absoluto. Ni una sola pista por pequeña e insignificante que fuese. Aquel Pedro parecía como el más desgraciado de los seres vivos. Le entregan una maceta y poco después se lo cargan con dos balazos.

Quedaban algunos minutos para las tres de la mañana. Un vaso de zumo de la nevera y se metería en la cama. Le costó dormirse. Aquel tal Pedro ya no era cliente suyo. De hecho, nunca había llegado a serlo. ¿Y si dejase de preocuparse por todo aquello? No era realmente asunto suyo. Pero continuaba recordando los dos agujeritos del cuello. ¿Por qué Eva no los había mencionado? ¿Realmente los habría visto? Sin duda alguna los tenía que haber visto. ¿Ocultaría algo Eva? Quizá fuesen dos pequeñas heridas sin importancia que tenía Pedro anteriores a su muerte, y por eso la forense no había dicho nada. 

Deseó que Isabel estuviese ya acoplada con él en el piso. Se sentía muy a gusto las noches que pasaba a su lado. Abrazado a su joven cuerpo. Haciendo el amor con ella. Hablando. Sintiendo la tranquila respiración de la joven mientras estaban echados en la cama. Finalmente se quedó dormido.


La misma cafetería de todas las mañanas. Un café. Solo un café. Tenía el estómago algo revuelto y de momento el líquido caliente sería más que suficiente. Podrían inventar algo para anular el olor del café, pensó. Quizá a media mañana regresase a la cafetería a tomar algo sólido. El trabajo de ese día era todo papeleo. Unas entrevistas con un par de nuevos clientes, pero nada pesado.

Al salir de la cafetería y dirigirse a su oficina miró un instante al cielo. No parecía que fuese a llover. Pero el sol tendría que regatear a las nubes grisáceas que insistían en mantenerse si quería caldear al menos durante unas horas las húmedas calles de la ciudad.

Subió la persiana de la oficina. Si había un poco de sol le gustaría que calentase lo máximo posible su pequeño espacio de trabajo. El abrigo y el sombrero en el perchero junto a la puerta acristalada de la oficina. El ordenador encendido y alrededor varios documentos. Se recostó en su viejo sillón de cuero. ¿Cuántos años hacía que tenía aquel viejo sillón? Era anterior incluso a la apertura de su oficina. Pero por curioso que resultase, no recordaba cuando lo compró, si es que lo compró. O cuando se lo regalaron, si es que se lo regalaron.


Alguien llamó a la puerta. Un par de golpes suaves. Al otro lado del rugoso cristal se adivinaba una, igualmente rugosa, figura. Se incorporó y colocándose ligeramente la corbata abrió la puerta. 


-Buenos días- Se trataba de una atractiva mujer que rondaría los cuarenta años. Pelo oscuro que rozaba sus hombros. Vestía un bonito vestido de tonos oscuros con zapatos negros de tacón, rematado todo con un abrigo que llevaba medio abrochado. El detective la invitó a pasar y tras cerrar la puerta de la oficina, le ofreció tomar asiento. “Gracias”. La voz de la mujer acarició suavemente la oficina. R se sentó al otro lado de la mesa.

-¿En qué puedo ayudarla?-


-Quiero que averigüe quien mató a Pedro M.- Aquella mujer fue directa al grano mirando intensamente a los ojos del detective.

lunes, 13 de junio de 2016

CAPÍTULO 11 UN REENCUENTRO INESPERADO 2


Una semana más. 
Segunda parte del capítulo 11. Espero que os guste.

Aprovecho para dar las gracias a todas aquellas personas que semana tras semana visita el blog.

Muchas gracias.


PARTE 2


La joven se detuvo justo antes de empezar a subir los pocos escalones que tenía la entrada al portal. Sobre el plástico del paraguas rebotaba el agua de la lluvia, produciendo un continuo golpeteo que resultaba curiosamente armonioso. 

Se giró, y una imagen algo más alta que ella, con las manos escondidas en los bolsillos de la cazadora se detuvo en el borde de la acera, a un par de metros de distancia, como si no se atreviese a acercarse más.

-Marcos- murmuró algo sorprendida. No esperaba volverlo a ver.

-¿Podemos hablar?- Marcos se despojó lentamente de la capucha, y Marta encontró bajo la oscuridad de la noche, un rostro blanquecino, casi enfermizo. Él siempre había sido algo blanco en cuestión de la piel, pero aquello…era como si no se encontrase en perfectas condiciones. Además, notaba su voz algo débil, mortecina.

-¿Te encuentras bien?- La joven no supo si acercarse o no. El agua continuaba cayendo sobre el paraguas y sobre Marcos. Alrededor de la pareja.

-Por favor Marta, creo que estoy metido en un lío.

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Se sentó en el sofá. El mismo en el que había estado incluso tumbado tantas veces. Pero con la diferencia de que ahora lo invadía la extraña sensación de ser una visita no muy agradable, aunque lo hubiese invitado a subir. A regañadientes eso sí. 



Miró a su alrededor, y descubrió que todo estaba más o menos a como lo recordaba. Algunos dvd`s sobre la mesa. Todos de películas de terror. A Marta le encantaba el terror. Y si eran de vampiros mucho mejor. Y siempre tenía sobre la mesa de centro algunas películas.

Era una de las manías de la chica, aunque tuviese una estantería para los dvd`s, sobre la mesa no podían faltar por lo menos tres cajas con sus respectivos discos. Qué curioso pensó con una ligera e irónica sonrisa, de vampiros. Recordaba que fue ella quien lo animó a que escribiese en su blog sobre esos seres nocturnos.

Aguardó pacientemente sentado en el sofá. Marta había entrado en su dormitorio a cambiarse. Y cuando estuvo de vuelta en el salón, se sentó frente a él. Llevaba puesto un vaquero bastante viejo, y un jersey igualmente viejo, y que ya no utilizaba para vestir a diario, de lana de cuello alto y color verde claro.

Y aunque en el piso no hacía frío, a ella le gustaba vestir con esas ropas en casa. Se sentía cómoda. Y le gustaba sentirse cómoda cuando estaba en casa. Lo miró en silencio unos segundos. Marcos descubrió que la chica estaba más guapa que nunca. Realmente se sintió como un idiota por dejar que lo suyo acabase. Y era además una mujer muy inteligente. Alguien con quien realmente hubiese valido la pena pasar el resto de su vida.

-Bien- dijo en voz baja- Tú dirás.

Marcos se removió ligeramente inquieto en su asiento. No sabía muy bien como decir aquello.

-Creo que me ha mordido un vampiro. Bueno en realidad una vampiro.- 

Durante unos segundos no supo tener quietas las manos. No sabía si tenerlas juntas sobre de las piernas…si apoyarlas en el sofá…

-¿Qué?- preguntó en voz baja Marta abriendo los ojos de par en par completamente sorprendida y desconcertada por lo que acaba de oír.

-Mira- El joven no quiso volver a pronunciar la palabra “vampiro” y en su lugar mostró las pequeñas heridas de su cuello, justo donde tenía el “mordisco”.

Marta lo miró sin moverse de su posición. Le observó durante los pocos segundos que él mostró lo que parecía una herida. Después Marcos volvió a su posición original en el sofá, mirando a la joven.

-Desinfecta el apartamento, tienes ratas muy grandes.- Marta respondió pasados un par de segundos y tras mirarle fijamente a la cara.

-No me crees.

-Como coño quieres que te crea ¿Eh Marcos?

La chica se levantó de su asiento y se acercó al ventanal que tenía el salón. Lo decoraba un elegante y fino visillo color vainilla. A través del cual podía ver la oscuridad de la noche y las luces que la gran urbe ofrecía a esas horas.

Tenía las manos en los bolsillos del vaquero. Marcos esperaba en silencio y sentado en el sofá, mirando a la chica.

-¿Tienes problemas Marcos?-Preguntó girándose y mirando a su ex.

-Ya te lo dicho- respondió él en voz baja- creo que me…

-Deja esa gilipollez de los vampiros- Gritó exasperada.- Me refiero problemas de verdad, dinero…drogas…

-No- bufó Marcos incorporándose. Quiso acercarse a ella, pero se mantuvo de pie entre el sofá y la mesa de centro.- ¿crees que me lo he inventado?

-Si- Contestó completamente convencida y casi al instante- Por supuesto que creo que te lo has inventado. Nunca hablamos de porque lo dejamos, qué motivos fueron los que me llevaron a dejarte.

-No sé por qué me dejaste, claro que no.- confesó Marcos controlando su tono de voz. Era una persona que no le gustaba demasiado chillar, y mucho menos a ella.- pero cómo hostias voy a querer mentirte con una cosa como esta ¿eh?

Marta movió la cabeza. Lentamente se acercó a la mesa de centro y tras coger un DVD en cuya portada se mostraba un vampiro en lo alto de un edificio se lo mostró enérgicamente frente a la cara.

-Porque los putos vampiros solo existen en las películas ¿entendido?

-Él tuvo que mover ligeramente la cabeza hacia atrás para evitar que la caja del DVD lo diese en la nariz- Deja de soñar en que vas a convertirte en un gran escritor ¿Eh? Limpia ese asqueroso apartamento en el que vives, búscate un trabajo de verdad y sobre todo, y lo más importante de todo, deja de pedir dinero a tus padres ¿entendido? Crece, por Dios, crece de una puta vez.

Aquellas palabras retumbaron en el interior del piso de Marta de manera brutal y desgarradora. Pero sobre todo retumbaron en el interior de Marcos. Su mirada se quedó clavada en el rostro de la chica durante unos segundos. Perdido, muerto, destrozado por dentro.

Una sensación de insignificancia enorme. Y esa sensación pareció llegar a la chica que entonces se percató de todo lo que acababa de soltar por su boca. Aquellas palabras iban más allá de la tontería de los vampiros. Encerraba sin duda alguna la raíz de un problema posiblemente sin resolver entre ellos dos. Y había estado encerrado sin poder salir, sin un momento adecuado para salir. Hasta esa noche.

-Lo siento, no quise… - Marta no supo que hacer o que decir. Dejó caer con suavidad la caja de DVD de nuevo sobre la mesa. Retrocedió unos pasos, asustada de ella misma. Era injusto todo lo que acababa de decir. Ciertas algunas cosas, no todas, pero injusto no obstante. No se las merecía. Era una buena persona, y un buen escritor.

El silencio se adueñó del interior del piso. Marcos fue abriéndose camino entre todas aquellas palabras que ella había ido diciéndole hasta que finalmente despertó. Movió la cabeza de arriba abajo varias veces, desviando la vista de la chica, hacia ninguna parte en concreto. Sentía vergüenza de que lo mirase. Se sentía avergonzado.

-Perdona por haberte molestado.- La voz del joven apenas llegó a los oídos de ella. Quien en completo silencio lo vio salir del piso. La puerta principal se cerró casi en silencio, sin hacer ruido. Durante unos instantes permaneció de pie, sin saber muy bien que hacer. Si se giraba y miraba por la ventana hacia abajo, seguramente lo vería saliendo del edificio. Pero no podía. Reconocía que se había pasado al hablarle así.

-Maldita sea- terminó por escupir la queja.